lunes, 21 de febrero de 2011

Atocha






   Pese a la incongruencia y la desfachatez de la ahora llamada 'memoria histórica", lo malo no es tanto volver al pasado como girar visita al futuro, que por difícil que parezca, no lo es tanto, que basta con tocar el timbre de un asilo o una residencia de ancianos, traspasar el hall, llegar a la común sala donde se entretienen (es un decir) los internos, o penetrar aún más, si cabe, en el sancta sanctorum de la habitación personal, y el futuro está a la vista, que eso es lo que hay, algo como una visita al retrato de Dorian Gray no importa tanto si con el puñal o sin puñal en la mano, que si no es purulencia sí es decadencia lamentable, cuerpos agarrotados a la silla de ruedas y mentes en liquidificación y liquidación, y ahora esta paz que es un temblar de castañeteo y luego esa gloria que nos sepulta en sus andrajos, y lo que ahí se ve iluminado por ese tipo de lámparas que cuanto más duren encendidas más lucen y dejan al descubierto lo que enfocan. Ni caso, por lo tanto, a los consejos de mandatario que a pesar de estimular mediante una ley la horrenda costumbre de los desentierros, apremiado según algunos suponemos por algún miedo que también barruntamos a qué, además de por algún númen de esos que son capaces de encalabrinar cualquier sesera cuando la tormenta electoral arrecia, ha aconsejado mirar hacia adelante obviamente en contra de lo que decreta, cuando, de por sí, mirar hacia el futuro aterra a cualquier persona sensata y mucho más cuando nos percatamos a qué situación nos ha podido llevar su desgobierno, que de ser más jóvenes, seguro que nos preocuparían y muy mucho. Dicho lo cual, nos quedaría aún un tercer lugar para un, más que estimulante viaje, el del que se ha venido en llamar la historia virtual, la contrafactual, y que se entiende por medio de esa frase nada ambigua que nos insinúa sobre '¿qué hubiera pasado si...?, que es como un reto al destino, al mismo Dios para los creyentes, a las entretelas de nuestras costumbres con las que se ha tejido la inconsútil vestidura de nuestra identidad. O, de inidentidad, quién sabe... 



De Onetti a Fernán Caballero.- 



   Pero, volviendo al discurso principal, lo malo, repito, no es remover tierras en labor de 'sepultureros al revés' que exhuman lo que otros torpemente inhumaron, juntar cadáveres superando a la poderosa imaginación de Onetti, y ya que 'para venganzas, el tiempo; para justicia. Dios' (que es frase que pudiera firmar aquella señora suiza injertada en andaluza, Cecilia Böhl de Faber, alias Fernán Caballero a quien parecidas máximas gustaban), espumar venganzas de otras venganzas que vinieron Se anteriores abusos viles de los que tenemos fehaciente noticia y que nunca olvidaremos al menos hasta la llegada del definitivo señor Alzheimer, más segura aún que la tardanza de Godot. Si algo supieran (o mejor aún, 'si algo quisieran saber' que, de cierto, no lo quieren) los que en tales manejos se andan, sabrían que a toda acción sucede indefectiblemente una reacción, como enseña una elemental ley de la Física. Y, a una justicia una, injusticia, y viceversa, en un anillamiento de causa y efecto que viene a ser como ese delirio de resultados que puede ser para el que, en su inocencia ilusa da en creer todo lo que oficialmente se le viene a decir que, en estas divagaciones me iba yo, paso tras pasó, a la altura de ese lugar que une un entrañable punto de la ciudad como es el de Atocha, gente que transita, embocando -los ojos húmedos y tan lacrimosos de noroestes-, por el puente de Santa Catalina, desde Duque de Mandas al Centro. 



La historia triangular,- 



   Situándonos en el ahora mismo, por la nueva vía abierta no hace mucho tiempo como fastuoso aliviadero del paso subterráneo' que, a su vez, y cuando se abrió, evitaba el tránsito sobre las catenarias del tren -un lugar ideal, como siempre yo lo vi, para esa, idea de suicidio gritón que, con su aullido, tantas veces nos socarra el alma- que uno mira más allá, esta vez hacia el pasado de este puente candoroso y mefistofélico a la vez, prometedor de un vuelo de paloma o de gaviota sobre todo otro alféizar hacia el vacío y le es imposible encontrar ninguna de las historias que debieran haberse ocurrido en su distancia, pero cómo poder haber sucedido nada así cuando se saca tino de sus propios bolsillos el pañuelo de la memoria y se ve caminando, doliéndole el ánimo un poco más que las casadas piernas, un putrescente olor de soledad cuando era ésta una enfermedad todavía amarga porque ni siquiera había uno madurado, y chapoteaban mis pies en aguas estancadas de iris y estrellas caídas, lluvia de escozores sentimentales - Yendo por ese lugar pues, y rumiando lo que a cada paso nos va sucediendo, advierto que la historia de lo que voy hollando resulta ser triangular que, más allá del ideal punto unión de sus bisectrices, digamos que en el metacentro de esta especie de nave que es la vida en la que vegetamos, en ese paso de Atocha al que me vengo refiriendo, la historia trianular se me puede encabritar, nunca desnortarse, por la justicia, el fútbol y los trenes. Todo que tiene entidad sustantiva, ya se sabe, desemboca en el triángulo o trípode, sin el cual, todo se nos desenfoca, y el triángulo de este lugar está a una de las manos, en un llamado palacio de justicia que nos suena tan amorfo a los que tan poco confiamos en ella (sin que nada tenga que ver esta apreciación con esa imagen tan difícil de olvidar para veteranos como nosotros de un recinto hospitalario militarizado y con la estancia en ella, por tiempo indefinido, de un arriscado piloto que no tuvo más remedio que confundir el arenal del marco incomparable con un aeródromo; que, a la otra mano, puede estar un campo de fútbol que sí tuvo sus más y menos, acaso el bochorno actual del fútbol en nuestra ciudad ha hecho paliar en algo sus derrotas propias, y, por si otra mano tuviéramos -aunque postiza fuere y de taller protésico por lo tanto-, viraríamos hacia la estación donde el traqueteo aún existe pero no el silbato, aquel largo silbato de los trenes en la distancia, en nuestra larga distancia de parameras como papel de escribir en donde el humo firmaba credenciales de aventuras viajeras, el idilio campoamoriano del tren expreso, la dramaturgia incomparable anakareniana, el eco del viaje eterno en los siniestros trenes de la muerte que hendían la noche y el día y otra vez la noche y el día y todas las noches y todos los días hasta el infierno que uno cree escuchar, lo escucha de cierto cuando se sienta en el andén de espera y le cruje el alma a los raíles a cada paso del mercancías, o a aquel wagonlit de los grandes expresos europeos que debió desaparecer y vive, sin embargo, de las noches bamboleantes, de un recuerdo fugitivo de la compañera de una noche tan sólo en la luz muriente de un amor de ocasión y de circunstancias, de circunstancias tan sólo y solamente por una noche, nada más... 

6 – X1 - 07 




Kubica

   La imagen seguirá viva aún algún tiempo más en la memoria visual de los televidentes, al fín y al cabo no hace más de una quincena que tuvo lugar, y aún más, se reduplicó este sábado pasado con otro bólido de otra categoría que voló, no es metáfora, desde la pista al foso para quedarse ahí, retorcido, como un pájaro de fuego ardido, icaro humeante. Pero volvamos a lo que realmente queremos comentar, que pertenece al primer caso. A la celérica velocidad de unos 300 km/h que es a la que habitualmente navegan los bólidos de la F1 por sus circuitos, uno de ellos, el pilotado por un tal Robert kubica, se estrelló aparatosamente y ensayó luego sobre la pista de Montreal un horrísono baile de neumáticos borrachos y cortantes latas en vuelo que pudieran ser armas cisorias que rebanaran limpiamente la nuez de cualquiera que encontraran en su avieso caminó. De resultas de esta aparentemente estremecedora tragedia (no ida a más, afortunadamente) el piloto, ése un tal Robert Kubica, polonés de nacimiento y famoso mundialmente, permanecía en la cabina como el polluelo que saca la cabeza del huevo y le cuesta cerciorarse de lo que acontece a su alrededor, que no sabe si la vida madrastra le propinará un picotázo que le dejará exangüe o ese sol que alumbra significa para siempre la rútila salvación, que el hado se nos muestra así, con sus dos caras dando vueltas en la moneda que se echa al aire, o león o castillo allá en las monedas suses de los viejísimos tiempos de los diez céntimos de peseta. 



Wojtyla.- 


   Sucede que, contra todo pronóstico después de ese apocalíptico choque, ése un tal Robert Kubica, conocido piloto polonés, amanece por está nueva vez a la vida, sin un rasguño. ¡Milagro!, que diría el ingenuo aficionado a ver maravillas en tantos eventos casuales. Pero no es de gravedad la exclamación del ingenuo, qué si lo es, está para eso, para ser ingenuo en cuantas ocasiones se precise. Lo grave es que la esencia, la sustancia y la constancia del milagro (además de más particularidades y cualidades que se le pudieran añadir sin detrimento de su más honda identidad) no proviene en este caso solamente del ingenuo sino del que yace, ribera de pista (que diría el Arcipreste del Buen Amor si fuera comentarista deportivo), en el cubículo, dícese que de carbono y no sé de qué otras materias indestructibles, de la cabina del bólido, un lugar preservado de toda convulsión agresiva, por grande que sea. Que, visto lo visto, y no se sabe si con más razones con que argüir o con menos, da el polonés en atribuir su suerte de seguir viviendo a una mediación de paisanaje, que por ahí debe de andar la mano votiva de Wojtyla estableciendo gracia especial de supervivencia para su acendrado devoto. Pues dice ése tal Kubica que en su casco o escafandra de piloto mantiene como seguro contra todo mal, una estampa de Juan Pablo II, último de los Papas fenecidos e inserto en primera fila entre los llamados a subir pronto a los altares. Tiene por lo tanto el alegato del piloto por proclamar el milagro que dice que en él se ha operado, alguna que otra raíz de razón, entre los qué cabe designar (o, resignar), una para el paisanaje como queda dicho; otra para la devoción que el tal Kubica no es remiso en proclamar, antes al contrario; y otra, la del zigzagueo de su misma persona, su propia mano ductora que a sí mismo se señala con el 'dignus sum' (que se escribe en latín para mejor conciencia de qué terrenos pisamos y de la lengua que en ellos se hablaba, que ya...) de no parecería indigesta arrogancia su autoelección. Que justo es, en este punto, donde se ve saltar a la comba la sombra sinuosa de la herejía, o, para mejor señalar, una lucha supervivencia! entre esos dos pecados (o virtudes, según se mire) capitales que pueden ser el orgullo y la humildad, entrelazados en el "acontecer milagroso" de Kubica, que, como buen polonés debe estar imbuido de la idea del milagro por haber vivido, en la infancia que será siempre nuestra verdadera patria según nos dijo no sé quién, en la tierra del milagro perpetuo, en esa Polonia que siempre ha sido un milagro que subsistiera en ese difícil lugar donde plantó sus reales, rodeado de los países de los que se rodeó, y a todo lo largo de su Historia ha ido dando testimonio fehaciente de lo que es vivir a modo de permisión y recibiendo bocados a su hegemonía en cualquiera de los muchos momentos atroces que le ha tocado vivir. 



Tirso.- 


   Pero, volviendo al caso de Kubica y su pretensión de convertirse en el elegido para personificar el milagro, digamos que, con él, en él y por él, entramos en una antonimia y sinonimia a la vez, pecado y virtud juntos, en el resbaladizo terreno de algo que pudiera parar en herejía, que la incursión a ella hállase permanentemente abierta como lo han sabido siempre tanto los considerados como heresiarcas como sus verdugos. Si Kubica, por ser polonés, cree que merece una especial consideración por parte de Wojtyla, nos abocamos a la injusta parcela de una merced preferencial, es decir, una especie de nepotismo siempre que consideremos que familia tiene que ver con tribu, con etnia, con nacionalismo, étc. Para salvarse de éstos y otros peligrosos meandros de munificencias tan graciosas ya quedó dicho por la autoridad pertinente, que la gracia es un don gratuito al que no cabe pedirle explicaciones, pero, peor aún, ni siquiera oponerse sin caer en la herejía y, por consiguiente, en la condenación. En viejos tiempos del Siglo de Oro, se le atribuyó (injustamente para algunos) a un fraile mercedario y bajo figura de dramaturgo notable (Tirso de Molina como seudónimo), la puesta en escena de aquella vieja disputa (nunca solucionada por insolucionable) del problema de la predestinación y del reparto de las gracias (que fuera de contexto pudiera decirse, que si divinas, pueden servir para santificar a los hombres, y que, si humanas, prestan esa cobertura de sal y de humor, de facundia e ingenio, de eutrapelia y buena sombra, preservándonos al mismo tiempo de la marca insufrible del patoso). El que se condenó por desconfiado (el ermitaño Paulo) en esa obra atribuida a Tirso, diría yo que pecó por orgullo de querer escudriñar en el insondable magma divino (un 'pecado angélico' como, mutando el pecado en crimen, pudiera decir Jacob Wasserman), y por humildad de volver al amor filial se salvó de la condena el bandido Enrico, qué ante designios de la fatalidad tan contrapuestos pero claros, se queda uno pensando si no será pecado de orgullo pretender como Kubica, para sí mismo, un 'dignus intrare' en la corporación de los elegidos para el milagro; o, si pecado de humildad adoptar el 'non sum dignus' y hasta qué punto no será anatema desmerecerse; bifurcación ésta cuya resolución parece más adecuada para esos doctores de los que habla el Astete y que, al parecer, ya están tomando vela en este entierro. 

3 – VII - 07

viernes, 18 de febrero de 2011

La escalera

   Con prologo en Londres, y llegada al día siguiente a Cantérbury, arrancó de nuevo ese monstruo anillado, ya languidescente, que, pese a todo, sigue llamándose, creo, el Tour, que en esos días primeros, me da por pensar que homenajea, para mí al menos, a dos figuras: a Geoffrey Chaucer (1340-1400), en primer lugar, quien corrió dignamente a la sombra del gran Bocaccio (1313-1375), y en cuyo honor me veo obligado a releer, ahora mismo, alguno de sus 'Cuentos de Canterbury'; y, a Tom Simpson, un hombre que intentó ser robot y se quedó a un lado de la carretera, mirando al cielo tan cercano desde su cumbre, y sin darse cuenta, seguramente, qué le había ocurrido a su portentosa máquina pedaleadora. He citado el término 'languidescente' al principio y ha sido porque creo que la languidescencia, casi sin excepción, suena a clarines proféticos, y digo clarines, que es instrumento taurino, y no atabales para darle ornato apropiado o conveniente a este preciso momento en que vivimos: el verano madurándose y con él, el calor, las fiestas, las muchedumbres al sol. Quería y quisiera decir, sobre todo, que el Tour, ya a estas alturas, está no pudiendo soportar esa calamitosa fiebre de denuncias de drogas sin fin; que van a la catástrofe de querer hacemos imaginar los arcenes de las carreteras llenos de fantasmas boquiabiertos que es que el hiperesfuerzo les dejó su carátula de agónicos tremendistas. 



El pan.- 


   Pero habrá que decir que todo es droga, hasta el pan, si bien se mira. 'La droga nuestra de todos los días, dánosle hoy' que dijo el chamán, y llevaba un trozo de pan en la mano, que ni siquiera el pan ázimo, pan sin levadura, pan del caminante que tiene prisa en ponerse a caminar, sino el pan que llega a obsesionamos, aquel pan, por ejemplo, de la posguerra que la mujeruca escondía bajo falda cabe la esquina de la calle y que no era la trotera y la callejera de ese tiempo que, por entonces, había muchas mujeres haciendo la calle pero bajo sus faldas, en vez del sexo a vender, había o una panadería o una tabaquería, y, de esta manera se vendía esa otra droga llamada pan que nos gudo obsesionar, la droga del obseso pues más que la del que se vuelve obeso, del panfílico pánfilo hasta que los panaderos nos enseñaron a decir que el pan no engorda que ni siquiera ese 'pan con pan' comida de tontos, que la mención de ese alimento por antonomasia nos lleva al fulgor recordatorio de los panes de la posguerra española, el verde botella de la harina de bellota, el oscuro de la de la algarroba, panes de todo tipo que la inventiva de la escasez nos ofrecía, alimentación de ganado en suma que acaso por eso andábamos tan rozagantes y magníficamente esbeltos, la pobreza de la vestimenta y los manjares y nuestra exultante sanidad en contraste. De viejos tiempos pueden sacarse lecciones de provecho y si en lo físico supimos mantenemos enhiestos (con la 'h' intercalada sirviéndonos de rodrigón y no de muleta) también en lo psíquico se nos aguzaron los ángulos y los acentos circunflejos de la experiencia, y la sabiduría de los siglos que es como chorro de la miel no sabemos en qué redoma guardada, nos asperjó para la vida que al mismo tiempo es la muerte, que a esta consideración de epitafio y de gloria me llevan estas dos eflorescencias de la actualidad más rabiosa que contaba en la parte primera de estos textos en dos fechas adosadas como lo son el Tour y los Sanfermines, que es aquí como todos los años sucede, en la 'Pampilóna urbs est antíqua et nóbilis', como me enseñó la' Gramática Latina' (Edit Aramburu, Pamplona, 1939) del Dr. D. Blas Goñi y el Lic. D. Emeterio Echeverría, donde la vida y la muerte se confunden como en una antinomia necesaria, como la planta saprofita del muladar que establece relaciones directas con la materia orgánica en, descomposición, que, acaso quién sabe si no es que viendo la fiesta veía la muerte, o al revés, aquel gran impulsor de la capital navarra en fiestas que fue Papá Hem, al escribir una de sus novelas más populares, que sí que yuxtapuso muerte y gloria, muerte y tarde, sol y aplausos, sudor y bota de vino, espadas y picas en ese otro libro suyo escrito a pie de tablas (que es a donde se retira el bamboleante navío del toro a morir que será siempre nuestra querencia, es decir, de los toros y cabestros qu¡e somos todos), su magnífica estampa de hombre para la clásica estampa de imprenta, aunque también pienso ;en ese brindis al sol que es ese su Tiesta' como se le vino a llamar en castellano para la posteridad a lo que en realidad, y año tras año, es puro y simple homenaje a la adrenalina. 



Arsaces.- 


   Abría pues yo esta mi reflexión con la memoria del Tour, sabiendo que en sus dobleces de carreteras a transitar, de cimas descollantes a subir, de descensos vertiginosos a salvar, están escondidos los gérmenes de la muerte y de la vida, ambas hermanas, que de ahí, a considerar que todo su devenir que a veces pueda parecer tan misterioso puede esconderse en los tramos de una escalera, media solamente un paso y bien corto. Porque escalera lo es todo en la vida, es decir, ascenso y bajada, y si alguna maravilla del mundo tuviera yo que escoger, me inclinaría por una que no figura en el catálogo (ni en el mundo, habrá que decir), que me decantaría por una escalera o escala que ocupó mis mas íntimos sueños (que, por más íntimos, también más preclaros), la escala de Jacob que, desde el lugar llamado Betel, ascendía al cielo y que compendia toda relación entre hombre y dios, desde las pirámides (soberbia de la piedra ascendente) a los teocalis sangrientos; desde babel hasta el zigurat; desde los megalitos prehistóricos hasta los ovnis, etc, etc. Sólo que, lo que en la vida, ocurre está en abierta contraposición con lo que en el Tour sucede, débeme yo mismo explicarme por qué, que mientras que en ello me entretengo, estoy seguro que se me descabalgarán otras insinuaciones de metáforas y arritmias retóricas, y es que ya me veo asomando por el entrecejo de las disquisiciones en las que tuvo que enzarzarse, supongo, aquel un tal Arsaces, fundador del imperio de los Partos allá por los años 250 a. de C., de quien queda constancia de que tenía un buen entendimiento de la diferencia que cabe entre caer y descender, que anda por ahí una anécdota contada por un autor francés, Jean Le Royer, que allá por 1560 vino a escribir y poner en escena la tragedia \Arsace', en donde se dice que, al abandonar el trono, vino a pronunciar estas palabras: Je pourrais en tomber, j'aime mieux en descendre', que será siempre lección a añadir a la suma de lecciones de cualquier vida, que la diferencia entre la vida y el Tour está en que la ascensión es gozosa en la primera y harto dura en la segunda, mientras que en el descenso ocurre lo contrario, que una vez llegada a la cima de la vida vamos dejando pingajos en el descenso sin atrevemos a bajar a tumba abierta. 
10 – VII - 07 

Plaza Pinares

   Sin ella saberlo. Peor aún. Pensando ella que me invitaba al agape (sin la tilde, por favor, sin la gráfica burilación innecesaria del acento que agudiza las palabras, las toma en saetas, punzantes armas cuando lo que se desea es un mundo romo, discretamente apacible a pesar de todo, sin venablos que nos lastimen y nos dejen lisiada la sensibilidad minimamente necesaria para soportar tantos embates). Fui invitado al agape, decía, que cualquier iluso optimista puede pensar que se puede celebrar en plena pradera, Manitú y sus obsequiosos saludos en sus obsequiados búfalos y bisontes; muy al fondo, ya de retirada, William Frederick Cody, poco antes de que emprendiera el camino a los escenarios de lentejuelas, oriflamas y oropeles del ínclito Barnum bajo el apelativo de Buffalo Bill; más allá aún, estampidos del Big 50 Sharp (ciento diez gramos de pólvora impulsando la mortífera carga de cuatrocientos perdigones de gran calibre) la siniestra herramienta del exterminio del fabuloso animal totémico, maná de los espacios ilimitados; en el comienzo no fue la palabra sino la pradera, los mares de hierba y el sordo in crescendo de la estampida cuando se va acercando y más acercando (y, para más detalles se sugiere la lectura de Zane Grey), todo hacia el camino abierto de la violencia de los mocitos bravos cara de niño que sentían dedos de rayo al imantado de los Colts 45, colgantes; cual pelotamen en las caderas. Sin ella saberlo, repito, ahí, en la plaza Pinares -cabe el espacio entre el vendedor de los boletos de la Once y el quiosco vendedor de prensa, al filo del mediodía que con tanta impaciencia espera la sirena así como los campanarios para dar su rotundo placet, diecisiete grados para esta mañana nublada en el panel alternativo-, me convocaba a esa reunión fastuosa que otros la ubican en el Valle de Josafat, reunión al último toque de aviso, la hora de los jueces que igual es que también se llaman garzones y a la Señora Justicia (a la que la pintan con los ojos vendados y la balanza en las manos, tan impropiamente) la harán tambalearse como si se hubiera sumergido en anís chinchón tan seco propio para damas de pelo en pecho y voz aguardentosa (nunca mejor empleada la palabra y la metáfora). 



Jankélévitch.- 


   Hace ya algún tiempo que cuando se me cae un libró a las manos, antes de la debida alegría (o pesar) por tal regalo (a veces envenenado), miro no tanto el nombre del autor sino el año en que éste nació. Una manía que, como tantas, creo que tiene su fundamento. Porque hay espacios de tiempo en los que, no se sabe por qué (o no sé yo por qué), florecen grandes escritores, grandes pensadores, y, consecuentemente, grandes libros. " Dejando en su habitat de olimpos incuestionables a los clásicos que son como eternas i eminencias del firmamento mental humano, se puede Encontrar ahí, en el quicio de los siglos XIX al XX, una serie de nacimientos felices, como si con los dones de la eugenesia más sublime se hubieran regado a gran parte de sus neófitos, años que diría yo, por un fijar límites infijables, que comprenden la cuarta parte, última y primera, de ambos siglos. Sin distinción de razas y tierras, pero si de Centroeuropa; trata, mejor, ^paso presente este libro que leí hace ya algún tiempo, 'El perdón', (Editions Montaigne, 1967- Seix Barral, 1999), salió de la mente o mientes de Vladimir Jankélévitch (1903-1985), discípulo de Bergson y autor de una serie de obras de gran predicamento a juzgar por los temas, -bien morales, bien musicales, bien biológica y exudablemente humanos-, que tocan, y de entre los que espigo ésta sobre el perdón, que ya sé por qué ventolera se me viene a la memoria y a las manos, porque tengo leído uno de estos días pasados, que el Parlamento (que no sé por qué me dan tentaciones de escribirlo en minúscula) vasco, con dinosaurios temblones en el kinetoscopio, bastante abruptamente me parece, con parto distócico y dejando en la criatura la marca del fórceps, con tardanza culpable ya es una culpa más a añadir a tantas otras), con la equidistancia que era de suponer, con un aire de mezquindad evidente (que es mejor así para que se entrevea que 'los malditos' siguen siendo 'malditos', pues que en la suma de 'desprecios' se aquilata el valor de la 'malditez' y en su permanencia cuasieterna como tal), ha acordado ' pedir perdón' dícese que solemnemente (es decir, con todos los requilorios para que la farsa siga siendo farsa aunque a algunos no se lo parezca que así sea), cuando se sabe que una petición de perdón es la acción más inútil que pudiera hacerse y que nada remedia, que Jankélévitch, experto al parecer en la materia, habla del perdón situándolo en su verdadera dimensión y sustancia, del que se puede o no dar, que dice él, que 'puede que un perdón limpio de toda restricción mental no se haya concedido jamás en este mundo' pero pasa olímpicamente del hecho de 'pedir perdón', sólo un absurdo intento de autolavado de conciencia en el que, pide esa petición de un imposible que no pasa de ser, en el mejor de los casos, un pequeño gesto de cortesía que ni siquiera eso. 



Heine.- 


   Creo que puede venir aquí a cuento aquella anécdota de Heine en su irónica valoración del oficio divino (que me da por contaría por si alguien no lo supiera, aunque me parezca imposible que eso ocurra). Que, dícese que estando el poeta alemán presto al último viaje y con el pie en el estribo, oía al cura que le hablaba de la bondad de Dios y de cómo podía esperar de El el perdón de sus pecados, a lo que Heíne no dudó en ofrecer una de sus más ingeniosas perlas, a modo de 'mot d'esprit', tan dado a cultivar tales joyas: 'Pues claro que Dios me perdonará; es su oficio', que és muy posible que el Parlamento (que no sé por qué vuelvo a escribirlo en mayúscula) vasco tenga de las victimas del terrorismo parecida idea de la expresada con tanto donaire un tanto irrespetuoso por Heine acerca del oficio de Dios, qué, por qué no será, como deben de pensar los parlamentarios y parlamentarias también según la gramática de Vitoria-Gasteiz) que las víctimas del terrorismo están para eso precisamente, para perdonar y aguantar todo lo que haga falta que ése es su oficio. Y termino la relación volviendo a situarme en la mañaná antedicha en Plaza Pinarés, ella que, sin saberlo, me ofrece el postvita no a la manera del póstcoito que se dice que tanto entristece sino exultante de alegría, que cómo nos volveremos a encontrar todos en esas praderas de Manitú o en casa Jósafat y uno piensa que ya sera desgracia que a muchos de ellos, después de haberlos aguantado durante tanto tiémpo volvamos a encontrarlos toda la eternidad que, aun siendo en el cielo (que no será), difícil será pensar en peor infierno. 

9 – X - 07 

La lectura

   ¿Ha visto alguien recoger con palas de oro la basura? Acaso ocurra así en los reinos de Jauja donde el oro era materíal barato y ataban los perros con longaniza, se me dirá; o, en los pueblos regidos por Midas, rey nigromante del oro, quien, aun siendo así, dícese que mandaba alear sus útiles con otro metal más duro a pesar de que le era misión imposible; tantas veces que los tocaba, tantas que le refulgían como preseas; los aurífices en desconsoladoras jornadas laborales, maldiciendo a su vez la objetiva maldición de servir a tal señor que de manera tan desmesurada hacía virtud de la desmesura en sus innumeras transformaciones; y todo porque el patrón oro se había asentado en su reino de liliput, ¡qué desgracia!, y le bastaba con tocar para que todas las miríficas transformaciones alquímicas se realizasen sin otra virtud que su propia alquimia. Pero la metáfora no sé hasta qué puntó me sirve para desarrollar lo que quiero, que es sobre una de las muchas formas de la pornofrafía, la de las nobles herramientas arrastrandose por el albañal... 



Babel y Alejandría.- 


   Que yo sepa, las dos más grandes y pugnaces edificaciones que se alzaron contra el monoteísmo fueron Babel y Alejandría, las dos joyas de la libertad humana alzándose como cabezas de sierpe de cobra ante la majestad divina y barbotando la frase hispida del 'non serviam' del ángel rebelde. Babel y Aléjándríá pues, es decir, la lengua y el alfabeto, la protesta desgañitada y los churretones de tinta sea como graffiti o como volúmenes en plúteos. Y el monoteo ya supo lo que había que hacer para contrarrestar ese ataque a su soberanía: creó el caos y el analfabetismo. Pero seguramente hasta el propio monoteo se equivocó como otros muchos nos equivocamos y seguimos equivocándonos. Hoy en día, cualquier torre (y no es preciso recaer en los endecasílabos del caro don Rodrigo cantando el derrumbe de itálica) puede abatirse por medio de un par de ángeles negros puestos a volar por otros teos de la aniquilación (véase el caso de las torres gemelas), pero es mucho más difícil luchar contra el analfabeto alfabetizado (con el que ya entramos en el terreno del símil del oro y de la basura), que analfabetos que superaron la cartilla y el catón hay muchos, y no sé si será necesario poner sobre la mesa algunos ilustrativos episodios del momento presente. 



Potter.- 



La bienaventuranza de un vivir bonancible es posible que nos haya hecho ilusionistas ya que la ilusión es un globo hinchado que va navegando por el pais de los sueños, un mongolfier lleno de tañedores de violas mágicas. Así, sepramente, en el caso de ese Harry Potter que a pesar de ser el ceniciento en una familia tiránica, posee poderes ocultos que es lo que hoy en día se lleva, que habrá que decir que ha inundado salas le cine y sofás de televisiones, la varita mágica de las hadas de antaño ha quedado reducida a un trasto viejo más aún que la lámpara de Aladino, y a los magos y magas de hoy les bastan los pases mágicos, la fijeza de la mirada, la incontrastable energía de sus deseos. El resultado está a la vista: millones de libros vendidos en todo el mundo, hileras de compradores haciendo cola que para algunos serán colas de ignominia y no sé si hará falta decir por qué, muchedumbres hambrientas de la basura de soñar en no se sabe qué delirios, millones de libros sobre las mesas y los plúteos que bacen falta muchas palas de oto para librarlas de su peso pero hay tantas palas y todas se afanan en comprar libros e ir comprando hasta el infinito, y hacen falta muchos ojos para ir leyéndolos renglón a renglón pero hay tantos ojos, los hay, que al menos, dice el adulto más conformista, que la ya fenecida costumbre de leer vuelve por sus fueros y se ha ganado ese importante round en el que la vieja afición lectora recobra sus ímpetus y pone contra la cuerda a los textos sin papel, ésos que se marcan fulgidos pero también fuliginosos en la pantalla, niños y más niños ávidos de curiosidad por saber qué le está ocurriendo a su héroe, que dice el adulto avinagrado que alfabetícelos usted para eso, pero ésa es otra historia... 



La niñez.- 


   Acaso es que se está clavado, o en mitad o en centro, en los puros reinados de la infancia. Escuchaba yo el otro día el verbo encendido de un agitador de multitudes de edad niña, un peruano de nombre Nezareth creo recordar, que inflamado de verbo divino, elegido entre todos para dar testimonio del Señor, lanzaba al aire trenos bíblicos, remedos de aquella altisonante lección tribunicia del gran Castelar que terminaba su alocución con su 'Grande es Dios en el Sinaí', que dejó a la gente embargada de emoción sublime y de chorretones admirativos hacia su labia, y dice Rubén que a Manterola (nuestro Manterola) pensando 'si no tendría ante sus ojos un nuevo Saulo"'. Hemos rescatado, sin duda, la tradición imperecedera del niño prodigio con sus luces y sombras, acaso más éstas que aquellas, pero que, de todas formas, habrá que felicitar a esa señora que, gracias a esa su criatura literaria, ha conseguido hacer escalar su status fimanciero hasta los más altos guarismos del Forbes. Que se haya encaramado ahí gracias a una no muy loable práctica del alfabeto no culpabiliza a la tal señora por la razón de que culpar de los estropicios a las causas primeras resulta ser una constante equivocación achacable más bien a los métodos filosóficos al uso. Pero, de verdad, ¿de qué culpabilidades estamos hablando? ¿Qué tipo de aberración o perversión puede haber en que un excelso músico rebuzne, o un egregio filósofo suelte alguna simpleza? No hace mucho tiempo (en 1999), se publicó un libro curioso, 'El estupidiario de los filósofos' (Edic. Cátedra)-, en donde se resaltaban los negros momentos de las grandes mentes en forma de citas desaladas y paupérrimas de grandes personajes recogidas por Jean-Jacques Barrére y Christian Roche. Es un libro que, al menos, nos puede enseñar cómo en nuestro interior debiera de asilarse como planta parasitaria la humildad, cuando se deja en evidencia cómo las mentes más preclaras son capaces de decir memeces. Ante el fenómeno social de una turba enfervorizada (que 'viene a ser lo mismo que estupidizada) ante la salida de un libro solo cabe lamentarse del mal uso de una noble herramienta como es la del alfabeto, con la única excusa, si cabe, de que la niñez es una enfermedad de la que, segura y lamentablemente, quién sabe, uno llega a curarse, y seguramente también de sus lecturas, aunque nunca dejen de remecemos sus evócaciones, héroes de nuestra niñez que nos los volvemos a encontrar en cualquier parada del camino, ésas en donde el viajero dirige la mirada hacia atrás y la encuenda llena de gozosos recuerdos que quién sabe si para estas generaciones serán los de Harry Potter aunque a nosotros nos parézcan tan desgraciados. 

24 – VII - 07 

jueves, 17 de febrero de 2011

Oscar

   Cuando el cadáver está ya sobre la mesa, las luces de la capila del cementerio encendidas, los cipreses bailando al compás del céfiro blando de Villegas, al forense empiezan a rebelarsele las preguntas, una rebelión en masa. ¿Está el Tour definitivamente muerto? ¿Por quién tocan ésta vez las campanas de Donne? ¿Es preciso haber padecido el cáncer (Lémond, Amstrong, Contador...) para encumbrarse en el podio parisino? Y, áhora que conocemos ya al ángel premonitor que va marcando lechos en vez de puertas, ¿pasó ya o cuándo pasará Oscar sobre los caminos que dejó polvorientos la llamada 'gran ronda francesa? (que es una manera de llamar en fragrante galicismo). ¿Ha oído alguien el maullido de Oscar, allá por los Alpes, o por los Pirineos, o en ese último duelo vivo de los alacranes de la pedalada contra el ominoso reloj que aquí sí que hiere segundo a segundo, el tránsito lacerado de un solo y buído lancetazo de urgencia por ahí por entre los viñedos que se extienden desde Cognac a Angouleme, un vaso de bon vino (Rabelais más que Berceo en la sombra), mejor una copa de campeón para alzarla con las mieles del vencedor rebosando de sus labios dorados, y en donde, al final era el todo o nada, la gloria a una carta, el ángel flamígero de la ruta estableciendo la clasificación definitiva. Pero la sombra de Oscár se siente cernerse ominosa a pesar de todo sobre todos los aledaños, en la mente y manos del forense sin duda, penetra en las tertulias indaga en los laboratorios, hace presencia en los cuarteles de campaña donde los ciclistas han extendido sus miembros a la sabiduría de los masajistas y saben rendirse al cansancio tan bien como a las tentaciones inasibies del triunfo que, en vez de hacer soñar, puede alancear con la mohosa herramienta del insomnio. Puede, digo y repito, que la sombra de Oscar, su lomo enarcado, puede haber pasado rozando a las ruidosas caravas, a las gentes errantes de los caminos, a las flámulas nacionalistas que exhiben su inmadura pertenencia a grupúsculos resistentes a la universalidad en la que todos nadamos querámoslo o no, y Oscar, dícenlo, se sienta al lado del muriente, y hay quien sabedor de sus dones interpela con abrir y cerrar de ojos qué ocurrirá, si se producirá o no el definitivo tránsito. 



Buzzati.- 


   Este Oscar, gatazo mensajero de la muerte, diría yo que ha sido arrancado, mejor que de las de Poe, de las paginas de un relato de Diño Buzzati, aquel, por ejemplo, titulado en su última versión española ("Sesenta relatos" Edit. Acantilado, 2006) como 'Siete pisos', que hasta podría incoarse una investigación literaria-numerológica sobre el dígito 7 en la obra del escritor italiano, atendiendo, por templo, a ese otro siete (Siete mensajeros), y más, que figuran en su opera summa. Del otro lado de nuestra ribera (señálese aqui el telón) definitivo que es nuestro stargate del único tránsito), a los siete pisos de la clínica de Buzzati opónganseles las siete vidas que, a Oscar, como ente gatuno, le corresponden igual que a Tomás Portolés, el personaje de Ricairdo León? en su sátira al psicoanálisis. Y cito los siete pisos' de Buzzati, porque, según las últimas noticias que me llegan de Oscar, lo veo un salirse para nada del último piso, que aquí no es séptimo sino el primero, el piso bajo, cosa que, como todos los pacientes que se allegaban a esa clínica privada, tampoco Giuseppe Corte lo sabía, que le hizo falta conversar con la Joven enfermera para saber que. 'el séptimo piso, o sea, el último, era para las dolencias muy ligeras. El sexto estaba destinado a los enfermos leves, pero a los que tampoco había que descuidar. En el quinto se trataban las afecciones, y así sucesivamente de piso en piso. En el segundo se encontraban los enfermos gravísimos. En el primero, aquellos para los que no había esperanza alguna', que le honra a Buzzati esta parquedad de círculos para su descenso a los infiernos cuando, si lo comparamos con el Dante, necesitó el florentino nueve círculos (divididos algunos de ellos en varías esferas) para cumplimentar a todos los invitados a su infierno, que si no, no cupieran. Pero, volvamos a Oscar, a pesar de que, como siempre, la divagación nos resulte tan tentadora... 



Zagajewski.- 


   Dícenlo las agencias informativas (y vuelvo con ello a la actualidad, abandonando el medievo dantesco y las filigranas criptofántasistas de principios del XX italiano con Buzzati, Bontempelli, etc), que un gato, el llamado Oscar, tiene en algunas de sus antenas bigotudas (o en todas ellas) una sensibilidad especial para rastrear el paso de la Gran Señora, ésa bajo cuya capa de cenizas cabemos todos. Predecir la Muerte, según qué casos, no es don de maravillas milagreras que Ella sabe mostrar como nadie su tatuaje, déja los labios descoloridos como frutescencias de mora, el azul cárdeno por los pómulos y la sotabarba y las ojeras cada vez más de negror profundo bajo los ojos al infinito que alguien se los cierra para siempre, y ya estamos en lo oscuro total y ese aletear de las manos hacia los bordes de la sábana como si le entrará el prurito, del planchar, coquetería fina). Dícenlo las agencias informativas que allá por Rhode Island, EE.UU., entre los residentes del Centro de Rehabilitación para Ancianos de Providence, el gatazo Oscar, ojos hieráticos como corresponde a cualquiera de su alta misión, labios leoninos, pendiente el sonajero o cascabel fúnebre de su collar, llega hasta el lecho del agónico y se queda quieto, que por ése su aviso preguntaba yo por el posible funeral del Tour, que de acontecer así, le queda a uno como ese dolor fantasma del miembro que nos sigue doliendo después de su amputación, que si el Tour se muriera (y entre la UCI y ASO se tiran y quieren devolverse esa pelota), desaparecieron con él, no sólo los recuerdos y las leyendas sino también esas tardes de julio de los últimos Tours en las que, más que el pedaleo de los hombres que sudan sus maillots sobre la bicicleta importa el paso y repaso de los pueblos y de sus gentes, el arte de los arquitectos y de los campesinos, las mieses amarilleadas, las piedras goteantes de historia, las iglesias sobre todo, ¡ay las iglesias ! de las que Adam Zagajewski hace su apología poemática en 'Antenas' (Acantilado, 2007), iglesias con ese encanto polimorfo de las grandes revelaciones sean o no humildes o señeras, iglesias de templos románicos, la invisible de Pascal o la de Claudel pero tan presentes y de las que habla como pudiera hacerlo de las de Balzac o de Flaubert y tantas de tantos otros, catedrales, abadías, basílicas, capiteles románicos, 'iglesias de Francia, oscuras vasijas donde yerra la tímida llama/ de una poderosa luz', como verso con que' finaliza el poema, una ráfaga de continuada belleza que nos ha ido regalando, tarde una y otra tarde, la atenta cámara del helicóptero de turno... 

31 - VII - 07

El silencio

Casi todos los que mucho hablan parece que sienten como una especial admiración por el silencio. Será, supongo, por la vieja teoría de la atracción de los contrastes. Lo cierto es que, por una cosa o por otra, es fácil ir encontrando sentencias lapidarias sobre el silencio, escritas generalmente por los que tanto abrieran la boca para no decir nada. Y, de entre tantas expresiones admirativas, la más certera para mi, -la más imaginativa, la de más altos vuelos, la más filosófica, la más diplomática, la más ubicua y de mayor explanación sobre tiempos y geografías-, aquella que nos dice que, 'en boca cerrada no entran moscas', un dicharacho entre Perogrullo y Buda, es decir, dos extremos de la locución humanoide, magnifica síntesis para los aficionados a la perplejidad, modelo insuperable de comportamiento para los que, sobre todas las cosas, estiman como valor magno el de la convivencia. Y, consideradas así las cosas, 'con la mosca en la oreja' ante todo lo dicho, cualquier giro de la cabeza hacia el pasado (que ya dejó dicho Cocteau aquello de que 'Cuando inventamos algo viene el pasado y nos lo copia') nos hace ver la imagen de esa mosca como el icono representativo de una edad, la de la mitad del pasado siglo con modos y modelos tan significativos como aquella canción tan absolutamente invasiva en su memez de todo un tiempo como llegó a ser la vaca lechera que 'mataba moscas con el rabo'; con aquella obra sartriana que veía a las erinias vengadoras del matricida Orestes vertidas en moscas pegajosas (tan temibles casi como 'las cojoneras' con las que los políticos en general no dejarán de escoltamos hasta la tumba y sólo cederán, esperamos, ante los gusanos); con el poema por siempre incorrupto de Dámaso Alonso, quien después de cantar de 'cuando zumban y zumban y zumban los insectos,/ cuando me duelen los insectos por toda el alma', contempla a la mosca ante 'el inmóvil decúbito supino' del cadáver en la sala mortuoria 'zumbando, vibrado, girando, runflano', que todo era sin duda porque a la casa del velatorio del difunto no había llegado todavía el 'flit' (que no me acuerdo bien si nos llegó a todos si antes o después del 'aceite inglés, parásito que toca muerto es", y el ddt luego, etc, etc), toda una edad del reinado de moscas los establos a los templos gastronómicos. 



El arzobispo.- 


    Se equivocaba recientemente el arzobispo castrense cuando dijo la frase: 'Nos deja sin palabras esta muerte miserable'. Y lo decía en un lugar que contempló a tantos asesinos miserables matando, claro está que miserablemente, porque nadie ha sabido asesinar de otra manera y aquellos menos. Sin paleras y con muchas lágrimas como siempre nos deja la muerte en las personas que saben sentirla; sin palabras y con bellos reflejos en ese sentimiento tallado ,en adoración que puede sentir una madre ante su hijo que se hizo mayor como para darle yá no se sabe qué arma cuando hoy todo está tan sofisticado que pronunciar el nombre de un fusil último modelo es ir infinitamente más allá que pronunciando o espingarda o trabuco o aquella úñtima 'fusila", la mora porque así la llamaban aquellos rifeños que atravesaron el Estrecho (por entonces más ancho de lo que ahora lo encuentran los cayucos, pateras, etc, y no se sabría decir si con mejoras perspectivas puesto que también era la muerte la que tocaba a rebato por la geografía española). Pero no estaba lo 'miserable' en la muerte que fue ahí donde se equivocó, quién sabrá por qué, el arzobispo castrense. Acaso es que le falló la sintaxis o la gramática toda en ese cruel y definitivo momento de romper el silencio ante dos cadáveres cuyos féretros, portados por 16 paracaidistas, avanzaban a paso lento, paso funeral, tensos los músculos de las piernas en un vago andar de fantasmas pese a la reciedumbre de sus pisadas pero negándose los ligamentos de las rodillas a flexionarse, a paso hierático, paso robótico, más duro su andar ¡ni comparación! por supuesto, con la andadura monofásica del monstruo que ideó el genio extraverso de Frankenstein. Y fue en Paracuellos del Jarama (nombre mitico, nombre emotivo y nombre invocativo y nombre evocativo del asesinato fosal ¡qué caramba!), donde se nos decía que se celebró ese oficio de difuntos de dos soldados caídos en Afganistán y que a nadie he oído decir si asistió o no, por aquello de que el asesino siempre visita su escenario, un individuo disfrazado bajo peluquín; lugar de una sola fosa pero tan larga que los metros se van sumando y habrá que recurrir a provechosas lecturas de historiadores varios para saber algo de su longitud y sumar algunos datos a la 'memoria histórica', que terminemos diciendo que no fue muy afortunada la frase del arzobispo porque no es que sea esa muerte miserable la que nos deja sin palabras, más bien lo miserable fue (en otro tiempo pero siempre es en el mismo, que los tiempos se repiten) aquel exquisito y cerval miedo a no querer despertar al ogro o no se sabe bien si qué clase de vergüenza, lo que hizo que los cadáveres de las víctimas fueran sacados por la puerta de servicio de las iglesias, el que taponó las bocas de tantos popes de ciertos lugares, y si entonces tanto se calló con asesinatos cercanos, ¿a qué culpar a la muerte miserable de dejarnos sin palabras cuando pudiendo decirlas no se pronunciaron, monseñor? 



El almoraduj.- 


    En un precioso poema 'Rincón de la sangre' que se paladea como delikatessen poético, el malagueño Emilio Prados (1899-1962), en su 'Jardín cerrado', delató la intensa fragancia de la mejorana: 'Tan chico el almoraduj/ y... cómo huele!/ Tan chico./ De noche, bajo el lucero/ tan chico el almoraduj/ y, ¡cómo huele!./ Y, cuando en la tarde llueve,/ ¡cómo huele! Pero cabe cantar también lo hediondo como en Tebas y, según don Guillermo, hay algo en Dinamarca que huele a podrido. Pero aunque se proclame a gritos la pestilencia hay quienes quisieron no tener el sentido del olfato y nada huelen, que es verdad que no hay peor olfato que el del que no quiere oler. ¿Será que todo consiste en domeñar los sentidos y sumergirlos en el voluntarismo? Hay en el éter nacional, entre negrísimos nubarrones, no se sabe bien si roncas, fintas, simulacros, amagos, desprecios, talantes, diga cada uno lo que quiera, pero algo fuerte se huele y no precisamente a rosas, y muchas cosas se han dicho que parece como que no se han querido oir. Diríase también que, una vez más, se ha roto un silencio y hay un ámbito granado de esquirlas hirientes, como de trozos de botellas de vidriosos vidrios (que no es redundancia). Palabras que han sonado como blasfemias y es que será que se quería blasfemar como siempre se ha querido. Pero, salvo alguna estrofa en barbecho, terminemos de recitar el poema de Prados, que bien se lo merece: 'Y, ahora, que del sueño vivo/ ¡cómo huele,/ tan chico, el almoraduj/ ¡Cómo duele!.../Tan chico'. 

2 – X - 07