lunes, 28 de febrero de 2011

Cine

   En tres exclamaciones (¡Ah!, ¡Eh!, ¡Ooooh!, comprimo mis impresiones generalizadas hasta ayer mismo en esta 55 edición del Festival de Cine de Sn.Sn., desde aquellos viejos tiempos (70 años ha) en que en el viejo colegio (creo que con total inconsciencia de sus rectores, y de la mía, por supuesto) me tragué, como poco, gran parte de la magnífica fílmografía alemana de los años 20, que fue obligada secuela del escoreo español hacia el germanismo, no en vano los soldados de la zona llamada 'nacional', preferentemente los de infantería y falange, cantaban el 'Yo tenía un camarada' de inequívoca procedencia tudesca en su versión celtíbera, no sé si revestidos del espíritu a lo Viriato o a lo Don Pelayo... 

¡Ah!.- 

   Mientras exclamo ' ¡Ah!' no sé qué cara poner. ¿De horror? ¿De espanto? O, simplemente, ¿de sorpresa?... David Cronenberg agarra al toro por lós cuernos desde el primer envite o lo recibe a portagayola, da lo mismo. Lo importante es impactar al personal. Va uno al cine, encuentra una localidad (cosa nada fácil dada la gran concurrencia), espera unos pocos minutos, se apaga la luz, aparece la cara de esa señora nada afortunada en nada que lo preside todo en esta edición y comienza la sesión con una gran inundación de sangre. Es decir, algo que da corisistencia sanguinosa a una de las grandes mafias que operan en un mundo donde todo se diría que está supeditado a las fuerzas mafiosas, que es verdad que es un milagro de supervivencia, seguramente un milagro de concesión de permiso de vivir en el que tantos , vivimos, es decir, los mafiosos que vivimos formando parte de la gran mafia de los incautos, los débiles, los pusilánimes que creemos no pertenecerá ninguna mafia lo que es imposible porque todos estamos condenados a ser mafiosos, a vivir bajo las condiciones que marcan las grandes mafias. Decía pues, que uno se pone perdido de sangre desde el primer momento. El escenario elegido, no por ser tan conocido, deja de tener su fuerza de choque. El sillón de un barbero, de uno que maneja con destreza la navaja de afeitar y la afila en el cuero mientras una aviesa sonrisa se le va insinuando en los ojos, en el entrecejo, en la comisura de los labios, es el lugar idóneo para que la sangre salte irrefrenable desde el gaznate rebanado, que a uno le da por pensar que un sillón de barbero como éste, una blancura de los viejos hospitales que eran blancos hasta el que verde se fue insinuando como color preferido de los quirófanos, es el mejor escenario para que se nos insinúe una sensación de recelo y de inquietud, para que se nos vaya cargándosenos el ánima de no se sabe qué espéra de estupor hasta que se produce el rebanamiento, la raja abierta en el pescuezo, la sangre que ha saltado y se derrama por todo donde le gusta ser derramada, por las blancas telas que se apretaron sobre la nuez, por nuestras entretelas sensibles que ya esperaban la efusión pero que es ahora cuando se produce. Respira uno un poco que la congoja ya pasó y, hace cabalgar una pierna sobre la otra en el poco espacio que nos lo permite la exigua distancia entre localidad y localidad, pero antes de que haya tragado la suficiente saliva como el caso requiere, a la continuación de un breve diálogo entre dos bergantes y el barbero en cuestión, aparece de nuevo otra de esas inundaciones sanguinosas, esta vez en una farmacia, una pobre joven embarazada, con el frunce de brazo y antebrazo acribillado por la aguja hipodérmica que no deja lugar a dudas, se desangra en un sos que ni siquiera le es posible anunciar más que débilmente, algo como un maullido de pobre gata. ¡Ah!, le sale a uno sin querer, y eso es todo. 



¡Eh!.- 


   Me da por hacer la frase: 'La mentira del cine me pudo más que la verdad de la vida'. Viene ahora la evocación, y sigo: 'por ese motivo, me refugié en los lugares oscuros, en las salas de cine en las que reinaban las sombras y una única luz en turbión sobre la pantalla excepto los tímidos fanales que servían para dar con nuestra localidad o para salir afuera que era como la tijera que corta la vestidura de la ficción y el frío y la hostilidad de la vida toda mientras ahí dentro, en nuestro amado infierno, nos entreteníamos tan opíparamente con las historias fantásticas ya realizadas y las reales fantásticamente falsificadas, recoveco íntimo, lugar idóneo en cualquiera de esas salas para que un joven sin ambiciones, inerme ante las híspidas crueldades de la vida nunca comprendidas, se encerrase en su caparazón, y, desde debajo de él, extendiese su programa de negaciones a lo real, daba lo mismo a todo que a nada. Fue ésa, una manera de enfocar la vida desde la niñez, y los adictos del cine sabrán qué difícil era sustraerse al encanto de esta droga, cómo las imágenes no cesaban nunca y volvían a proyectarse en el sueño, en la comida, en las relaciones familiares, pero sobre todo, en lo íntimo más sensible, allá donde la bestia cinéfaga se refocilaba en sus sueños, ¡bendita (o, maldita) mentira! Hicieron falta muchos años, muchos sueños, muchos delirios, muchas indolencias continuadas para que esa adicción al cine fuera menguando, quizás perdiéndose no se sabe dónde, sí seguramente en ese pozo grande donde acaban todas las frustraciones, todas las quimeras, también todos los miedos. A la edad senecta -me dice el amigo Ramón en un diálogo ocasional en plena calle-, se topa, dice, con un encanto añadido que no consiste en otra cosa que en ir viendo cómo las nuevas generaciones hacen las mismas tonterías que nosotros hicimos. Un amargo encanto pues, un envenenado encanto en caso de que encanto fuere aunque más bien certidumbre y consternación de lo fútil que es la vida en su natural decurso, en su proyección y seguimiento año tras año hasta llegar a esa (ésta) cima de la senectud en donde todo se empieza a ver de otro sesgo, entrando yá con paso firme en ese tiempo prometido en el que lo que antes se veía en sombras se vé ahora con nitidez, la caverna platónica dejada atrás, a espaldas si así se quiere entender. Faltaba, acaso, que alguien me dijera entonces:' ¡Eh, que no es por ahí!'. Y dejarlo. Nada más. 



¡Ooooh!.- 


   Se dice que fueron mil, alguien los contó, que profirieron esa exclamación al enterarse de que El venía. Acudía, claro está, a recibir el sahumerio de las gentes, a aspirar el humo del incienso aunque los pebeteros arden siempre bajo la peana de los dioses y ellos debieran estar ya hartos de humo. Pero habrá siempre llegadas, como la del ángel a la piscina probática, que hacen mover las aguas y se hacen milagrosas. Abrir la boca, ya se sabe, es de papanatas, pero la enfermedad se agrava muchísimo cuando la boca es un buzón que se abre ante una fruslería que algunos lo llaman glamur, que viene a ser lo mismo. Pero de lo que pueda ser o no una fruslería seguro que no lo saben bien los boquiabiertos. ¡Ooooh, los boquiabiertos! 



25 – IX - 07

viernes, 25 de febrero de 2011

El maxilar




   No al son de los tambores al menos en esta ciudad, donde con desazón auditiva de algunos vecinos y sazón en cambio de otros, se están tensando para celebrar el recuerdo de su patrón, el ínclito Sebastián, milite romano tan asaeteado por tantas y tan diversas saetas que sería difícil extender aquí su amplio temario, de lo que más se ha hablado creo, en el ámbito nacional es de ese sucedáneo del chicle que viene a ser la letra del himno nacional cuya bravura no se pone en duda por ser ofrenda a dioses y héroes, a la patria que nos vió nacer, a toda adoración posible bien sea de latrías, dulías o hiperdulías, que, acaso, también sería imperdonable ligereza servirlo condimentado solamente con la especie deportiva, ésa que campa por estadios y pistas de todo género aunque bien se sepa que, algunos de los primeros vagidos de la poesía, en su gama heroica, tuvieron su nacimiento en tales predios, díganlo si no, llamados que fueran a testimonio, los llamados Homero, Píndaro y epónimos varios, cantores del músculo y del esfuerzo corporal sobresaliente. 


El mus.- 

   No apelaremos, bajo este ladillo, ni al buen amigo que fue Jaime Toraer (autor de un libro sobre 'El Mus', al que me dió ocasión de prohijarlo con un prólogo, ni al otro glosador, el llamado Manu Leguineche, periodista de honor, nacido si no me. equivoco donde un árbol quiere señalar raíces de todo un pueblo) de este juego de taberna, figones, etc, etc (aunque también ascendido a campeonatos de raigambre, de inspiración netamente vasca como parece por sus expresiones de amarrekos, ordagos, etc, que es el juego de mus, que siempre que hablo de él no dejo de imaginar a esos cuartetos que, cabe un rincón de la tasca, entre humos varios de cigarros, cigarrillos, puros y tagarninas, en una atmósfera generalmente tan densa que se puede cortar un trozo a cuchillo y llevárnoslo bajo el brazo, pasan por todas las fases de la chiquita, la grande, duples, etc, etc, arrastrando con mano ávida los amarrekos consabidos y arrostrando ojo por ojo, guiños y muecas de enemigos-amigos, una lid entre enemigos tan cordiales que no pueden vivir los unos sin los otros y mantienen ambos, dos por dos, el difícil equilibrio de la guerra amistosa cotidianamente. Al margen de todo ello, el mus que aquí nos peta presentar es el de un ratoncito travieso, una especie familiar al Mickey Mouse waldisneyano, que sucede que, por estas témporas, ha asomado su nacimiento a la consideración pública, una letra que, al parecer, hacía falta mascarla, como las tragedias, para enfrentarse a los retos deportivos más heroicos, con la consecuencia de que, una vez sabida su composición o deletreo, háse dado en la opinión de muchos de tratarse de a la manera de aquel 'mus' o ratoncillo que, nació de entre los muslos poderosos de los montes, que habrá que ir en busca de aquel poeta insigne protegido por el más ilustre protector, y antonomásico por ello, llamado Caius Gilnius Maecenas (69-8 a.C.), es decir, un tal Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.), que dícese que escribió aquello de ' parturiunt montes, nascetus ridiculus mus', tema satírico tratado también por ínclitos fabulistas como el latino Fedro (15 a.C.- 50 d.C.) y el riojano-tolosarra' Félix María Samaniego (1745-1801), letra de un himno que llueve sobre mojado, que bajo la égida del COE (Comité Olímpico de España), se convocó un concurso y el ganador (se supone que sin enchufes, al contrario de lo que sucede en tantos otros concursos, titerarios, artísticos, etc, que hogaño se convocan), resultó ser un tal Paulino Cubero, natural como el gran héroe de las Letras Españolas el llamado Don Quijote, de esa zona de las Castillas que se llama La Mancha (de Granátula de Calatrava en Ciudad Real, para más señas), de 52 o ya 53 años perdidos (que ésos ya es seguro que nunca más los volverá a recuperar que bien perdidos los tenemos todos los que hemos ido dejándolos atrás todos los muchos nuestros), sin trabajo en el momento presente a pesar de haberlos tenido varios, que viénele la inspiración según confesión propia, de parte de un su abuelo arriero de profesión y ducho en el arte de contar historias. Y escribía yo líneas antes, que es letra de himno que llueve sobre mojado, porque, cualquier mínimamente aficionado a la poesía de mi quinta y derredores, estará en el conocimiento de aquella antología poética reunida por Vicente Gómez Bravo, SJ. bajo el título de "Lyra Hispana' (que vaya usted a saber el por qué de esa "y" griega), y publicada por una editorial de conceptos tan distintos sin embargo aunados (Razón y Fe, 1942), en donde fulguraba la letra encargada para la Marcha Granadera (más tarde ascendida o simplemente llegada a Real) a un poeta de recios sentires poéticos como lo fue don Eduardo Marquina, el de la frase de. exquisita cortesía inserta en su obra teatral en verso 'En Flandes se ha puesto el sol' (publicada que fue esta y otras obras suyas por Novelas y Cuentos) de' ¡España y yo, somos así. Señora!'. Y cabe citar, a su lado, el estro del otro poeta, gaditano éste, que también le puso letra á esa música, un tal José María Pemán y Pemartín, patriota también sin duda, ya que no lo pudo decir no siéndolo, aquello que le resuena en el hondón de su poema la bestia y el ángel' cuando escribe que' cuando hay que consumar la maravilla/ de alguna nueva hazaña,/ los ángeles que están junto a su Silla,/miran a Dios... y piensan en España'. Amén. 



El chicle.- 


   Inventaron los grandes ingenios militares de viejos tiempos, arietes y lombardas y dícese que la ametralladora, de mil disparos al minuto, se debe al sabio Sisebuto, pero en definitiva, nadie duda de que la más eficaz arma en todo tipo de batallas, y muy especialmente en las deportivas, es el maxilar. Un maxilar como proa de buque, como rompehielos, como ángulo diedro que pugna por avanzar pese a todo, es el gran vencedor indiscutible, y si cada imperio ha tratado de dar a esta maxilar humano su fuerza inconmensurable e invencible, también en lo que al Imperio actual se refiere, es decir, al cantado por Rubén a Roosevelt, al de los Estados Unidos potentes y grandes, que cuando se estremecen hay un hondo temblor que pasa por las vértebras enormes de los Andes, que cuando claman se oye como el rugir del león, que junta el culto de Hércules y el culto de Mammón y que la Libertad levanta su antorcha en Nueva York'; ese Imperio que dice Rubén que hay que cantarlo con voz de la Biblia o verso de Walt Whitman y envolver en sus versos al Gran Cazador, y que, lo han escrito historiadores sublimes, procede del maxilar americano amamantado con coca cola y ejercitado con el chicle, cuyo sucedáneo es el himno, ése que se masca en los campos divertidos, que, si no se masca, es cosa sabida, no se gana, y que, cómo privar de su chicle que es la letra del himno a los héroes que tantas medallas y trofeos nos ganan que ni sitios tenemos ya para adecuadmente colocarlos en sus correspondientes vitrinas con lo mucho que eso viste... 

15 - I - 2008

Las aguas y Mcluhan


   Con el día domingo, 26 de agosto 2007, las caras de las gentes, muy de mañana, relucían tanto como el mismo sol, éste ya en su real esplendor como el calendario requería. Eran, cómo se podrá suponer, heliófilos integérrimos muchos de ellos, adoradores de ese astro rey en cuyo tomo dicen que circunnavegamos por el espacio. Gentes, algunas, que parece: que tienen algo como de parentesco con los lagartas, no se sabe bien si por su frialdad sanguínea y necesidad de calores extemos, pero que, en cualquier caso, en cuanto ven asomar el sol se les alegra la cara y les desaparece el frunce del ceño, avian la bolsa deplaya de prisa y corriendo, y van a tenderse sobre las arenas, caimanes a bronceo; hay otros que, más comedidos en esta afición solar, se contentan con sentarse en los parques públicos, con ir viendo cómo los pocitos de agua que la noche olvidó son absorbidos por la fiebre ambiente, y se divierten con el vuelo dislocado de los pájaros y las palomas, elevan los ojos y, desde la sombra, almas seráficas, se entretienen en ver cómo el azul del cielo es una dimensión de paz y sosiego y si alguna nube aparece, es algodonosa, una alfombra mágica que traslada su coro de querubines de manera que hasta se puede escuchar, como un eco lejano, su concierto de música de esferas para contento de Fray Luis. Detrás, en la memoria que na se quiere recordar, están los días malos remalos, los dé las aguas mil tan procelosas aunque sirven para llenar presas y pantanos que nutran nuestras cañerías. La gloria de Dios reluce en mañanas como ésa, todo tintado de esa especial 'luz de domingo' al que Pérez de Ayala (don Ramón) (1880-1962) dedicó una de sus novelas cortas más recordables.



McLuhan.-



   Después de unos cuantos días de lluvia incesante, no sé bien si finalizada con la aparición del simbólico arco iris del pacto, se dejó, de momento al menos, la anarquía, el desastre de las aguas desmandadas, las inundaciones que originan tantas pérdidas y descalabros. Tan difícil o imposible como es poder estar a la altura de su genio, ha de reconocerse, igualmente, la dificultad que entraña corresponder a ese nudo mental de Goethe cuando aseguraba preferir la injusticia al desorden, que gran desorden de aguas turbulentas hubo y a lo que conducía semejante caos era a sospechar, si no a deducir que, seguramente, Goethe nunca vió las aguas tan desordenadamente destructoras. Y es aquí donde, por no se sabe qué proceso alquímico, entramos en el territorio de las aguas de McLuhan. He de confesar, paladinamente, que, aunque nunca he sido partidario de esa opinión, la más conocida seguramente de las que emitió el tan nombrado y renombrado Marshall McLuhan, experto en teorías varias que tengan que ver pon la llamada 'galaxia Gutenberg' y sus adosados dé la comunicación e información, lo que me parece sin embargo ahora, y sin que sirva de precedente, es decir en este caso y momento particulares en los, que la meteorología nos ha deparado esta pasada semana con días y noches enteros que llueve y llueve y nunca cesa de llover, con la memoria aprendida de citas más o menos perversas como aquel del entierro de Zafra que resulta ser como sinónima del diluvio y se ve el ataúd chorreante y las lágrimas de la pintura confundidas con el sudor pegajoso de los angarilleros y un simulacro de pintura solanesca por su contumacia en tintas negras, resulta ser verdad que una sola imagen vale por mil palabras, que, al estilo de la foto ganadora del Pulitzer de aquella niña vietnamita que chorreante de napalm iba dejando una estela de horror a cada paso, las fotos de prensa de esa pasada inundación nos fueron empapando de su sucia marejada, lo cual, además de su catastrófica consecuencia en pérdidas materiales, resulta ser un mal resultado para los que, a lo largo de la vida entera hemos depositado tantas ilusiones y esperanzas en la Palabra, tanta sed y ansias de belleza sobre todo, tantas ganas de su música y su ritmo, tantas delicias palatiales sin duda al ir desgranando sílabas como si de catar viandas sabrosas se tratara, en ir desmenuzando las entrañas mismas de la etimología buscando las llaves ocultas de su tesoro, etc. En definitiva, y por mucho que nos cueste afirmarlo y aunque sea en la hora nona de nuestra vida, con su otoño ya declinado y el invierno inhóspito de únicamente la memoria navegando sobre nubes a la puerta, la ociosa pregunta en forma de balada de Villon a las damas del tiempo ido: 'mais oú sont les neiges d'antan' sobrevolando nuestra calvicie, etc, etc, no queda acaso otro remedio que proclamar como verdad cierta lo que antes de este evento húmedo por el que hemos transitado nos podía parecer blasfemia, es decir,- ¡Marshall McLuhan, salve!



Legendre.-



   Imposible, sin embargo, dejar el tema del agua en los territorios de McLuhan, en esos ámbitos que, por culpa de su desorden, nos amanecen desde la prensa, muy dé mañana, con fotografías de males irredentos, cuando se sabe que el agua es la primera y más necesaria razón de nuestra existencia así como excelsa procuradora del placer de beber. Y cito, una vez más, a aquel hispanista francés, Maurice Legendre, caminante incansable por tierras españolas, cuya opinión de mucho de lo visto y anclado lo dejó transcrito en un libro singular "Portrait de l 'Espagne' (Semblanza de Espáña E.P.E.S.A., 1944). Hombre experto en aguas, se deja sin embargo ganar en cata por unos labriegos extremeños que se esmeran en hablar de calidades en sabores del agua, cita a Ganivet y a su 'Granada la Bella' en aquellas páginas tan elogiosas sobre el agua del aguador y su pregón, del agua que abre el apetito y se come más que se bebe, se olvida de W. Irvig y su continuada cita de 'borboteantes fuentes y perennes manantiales' en sus 'Cuentos de la Alhambra', así como de la música del 'surtidor de agua que debió enamorar a la gente, mora de la que escribió con sensual prosa Juan Ramón Jiménez, y viene a decirnos, que 'el vino, así sea exquisito y fuerte, no es la bebida de España, y aún menos la cerveza exótica, con exotismo prosaico' y pasa por la horchata de chufas (aun dejándola alabada), y de las sidras varias, para concluir que 'la bebida de España es el agua en sí. Es el agua, el agua luminosa y sabrosa, que sabrosa lo es', que 'Unamuno, gran bebedor de agua, y que jamás probó el vino, habla no recuerdo dónde, del agua sosa, insípida, cuya única virtud estriba en ser químicamente pura y que produce el bocio (así como las ideas puras, agrega, producen necios', que escrito que ha sido todo esto por Legendre, digo yo que al menos, sirva esto último para paliar lo mucho malo que puede decirse de sus desórdenes que tan fielmente retratados puedan en esas fotos que, para nuestra mala suerte, sirven al mismo tiempo para festejar el triunfo de la teoría más conocida de McLuhan.

28 - VIII - 07 





El santuario

   Ahora que uno de ellos ha sido calificado como ' la primera maravilla de Guipúzcoa', creo que las más recordables referencias de un santuario me provienen de uno que seguramente ya estará inmortalizado en las páginas de la Historia. Eran noticias más o menos fidedignas (de nada hay que estar seguro y menos de las que la cinemátografia nos presenta) las que nos vinieron dadas de que 'El santuario no se rinde', por una de las muchas obras cinematográficas que realizó Arturo Ruiz- Castillo (Madrid, 1910), que comenzó en estos manejos de imágenes con una versión cinematográfica nada afortunada dé la barojiana "Las inquietudes de Shanti Andia", y nos hizo experimentar, repito, en cierto modo, con ineludibles exaltaciones patrióticas del momento, los episodios valerosos, osados, integérrimos, sacrificados, etc, de un puñado de hombres (creo recordar que pertenecientes a la Guardia Civil) encerrados en el Santuario de Santa María de la Cabeza, y que se desenvolvieron al estilo del Alcázar toledano. (Mil perdones por la digresión, pero imposible no citar este testimonio de un título que se nos asoma a los puntos de la memoria nada más citar la pálabra' santuario', y cuando tan en boga está todo lo referente a la guerra civil y sus lugares de la 'memoria histórica', que ya se sabe que solamente sufren un lapsus, un taponamiento de nebulosas solemne, cuando le llega la vez a toponimias tan escalofriantes como la de la Cárcel Modelo por agosto del 36, Paracuellos, Larrinaga, etc, etc, y etc.) 



Faulkncr.- 



El 'Sanctuary' de Faulkner es otra cita imprescriptible al citar el término. Un tremendo 'santuario' éste que, de solo pronunciar la palabra, se nos invita a formular una pregunta, improcedente acaso, de vuelo gomoso como el del murcielago o mucilaginoso quién sabe, una confusión de direcciones, signos y símbolos con el nominativo de Popeye, su agonista más calificado, tan tremenda la convulsión originada como el tremebundismo del personaje en cuestión, y que parece como que se nos hubiera transplantado no se sabe de qué manera desde una evocación de homonimia a una transgresión de valores total, la delincuencia volcada,al monstruísmo, una delicia de paranoias fantasmales que proceden desde la misma infancia. Estriba la pregunta, vuelvo a ella, en indagar qué sea un santuario, que si vamos al diccionario nos dejará, como siempre, insatisfechos, por muchas acepciones que contenga. Lugar de veneración de alguna advocación en particular, ermita, eremitorio, lugar sacro, sancta sanctorum, ¿lugar de santos también?... Los hechos históricos lo desmienten, al menos en lo que respecta a los santuarios de estos pagos, que cuando se escriba la verdadera Historia, si alguna vez se escriba aunque sea en las inmediaciones del Valle de Josafat, se tendrá mejor conocimiento, supongo, de lo que en estos santuarios próximos se ha hecho o dejado de hacer en la segunda mitad del XX, que, en lo que a mí respecta sólo de pensarlo me sube un aire de bochorno. 



El pastorcillo. 


   Decía al comienzo que una encuesta realizada por este periódico entre sus lectores y sobre un total de cuarenta maravillas guipuzcoanas a concurso para elegir la más idónea o vocativa de todas ellas, ha dado como ganadora al Santuario de Aránzazu (¿Arantzan Zu?... que dicen que dijo -transido de adoración, de emoción, de angustia acaso, de miedo posiblemente, de estupefacción sin duda-, el pastorcito cabrero Rodrigo de Balçategui en ese 'profundo y inhabitable yermo', como señalaba Garibay, donde tuvo lugar la aparición). No ha pasado, ni pasará (se supone), el tiempo de las apariciones. En cualquier recodo de nuestra carretera propia, día o noche de lluvias o de soles o cierzos que la tormenta se nos desgarra en cualquier tiempo tanto por dentro como por fuera, nos podemos quedar con el ánimo y el alma en suspenso, hay una figura que ha aparecido no se sabe cómo ni por dónde y nada obedece a las leyes de la racionalidad, se diría que nos quedamos como catatónicos, el efecto es alucinatorio, a veces la imagen habla, musita secretos acaso que han de desvelarse con el tiempo, casi siempre pide que se erija un santuario. Nada que alegar, por mi parte, a favor o en contra de la elección antedicha, repito, y preguntaría, solamente, si puede equivocarse o no la llamada' vox pópuli, vox Dei'. De la 'maravilla' actual, nos queda a algunos al menos, la imagen de algunos frailes franciscanos naturalmente pedigüeños (eminencias oratorias en los ejercicios cuatrianuales de las 'misiones' como era costumbre en tiempos que recuerdo) que iban casa por casa forzando con su presencia corporal la mayor o menor generosidad de las gentes para reconstruir, con nuevos moldes artísticos ese viejo santuario; denegación de permisos por parte de la jerarquía eclesiástica; empecinamiento en llevar adelante las obras; la erección, al fin, de un edificio en el que convergió el personalismo de un nutrido equipo (si equipo puede ' llamársele a una serie de de artistas que, cada cual por su lado, fueron dejando en esa obra, pruebas fehacientes de su particular estilo). Es de gente avisada y prudente, supongo, dar la razón a la mayoría cuando se sabe que 'pueden venir Ios sarracenos/ y molemos a palos/ que siempre ganan los malos/ cuando son más que los buenos', que a este resultado viene a parar hasta la misma democracia. 


La cartuja.- 



   '(Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?', nos ha estado preguntando como final de un lúcido soneto y desde el XVI, la celestial ninfa que se le apareció, dice uno de los tres hermanos llamados 'Horacios españoles', Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), que es una pregunta que, para mí al menos, me traslada a las regiones en donde el alma (que el 'Diccionario del diablo' de Ambrose Bierce lo ubica en el estómago), erige su propio santuario, un edificio de conturbadas imágenes aun para los más férvidos creyentes, que si por estos días se nos abría el inimaginado espectáculo de ' la noche oscura' de una angélica criatura transmutada en mujer como fue Teresa de Calcuta, santuario ella misma de desmesurado amor a sus semejantes, no se hacía otra cosa sin embargo qué seguir la senda de los grandes preocupados por 'el más allá'. Pero, ¿qué ocurre cuandó el santuario por el que transitamos se nos trueca en cartuja?. 'Vas a morir' dicen que se le ha dicho, cuando presidía las fiestas de un pueblo, a una alcaldesa que difícil será negarle tesonero valor heroico; y viene a ser este aviso de muerte como el legendario 'morir tenemos'; de los cartujos en sus encuentros en silentes pasillos, una absurda mescolanza de verdad y amenaza superflua, que morir, moriremos todos, y el último subrayado famoso a esta evidencia nos lo ha dejado la muerte de ese Estentor italiano cuya poderosa voz (¿equivalente también a la de cincuenta homares como señalaba Homero?) se ha apagado como todo, allá en Módena. Como todo. 

11 – IX - 07 

jueves, 24 de febrero de 2011

El fauno cansado



   La decadencia de Don Juan es evidente. La decadencia de don Juan se manifiesta, acaso, un poco, en el teatro, en una tradición perdida del seductor mítico que desde el escenario, y al filo de estas fechas que celebramos, nos señala esa atroz imprevisión del pecador que, desde su exclamación preferida de ¡Cuán largo me lo fiáis...?, se da de bruces con su propia muerte. Desde aquel 'burlador de Sevilla', que dicen que se gestó en el magín didáctico-ascético de don Gabriel Téllez, y pasando por las sucesivas versiones que, en la realidad o en la ficción don Juan ha ido adoptando, lo cierto es que hemos venido a parar a esta singular depauperación de su figura, acaso, porque los conceptos de la seducción no se dan de manera tan patente como en las famosas cuentas del don Juan zorrillesco, porque el hombre a quien siempre se le ha considerado con una sexualidad agresiva y fanfarrona también se ha quedado un poco en situación de saciedad y ya es, un poco, un fauno cansado; acaso, también, mucho, porque el feminismo ha ido subiendo cotas de poder, y ya casi no hay mujeres que quieran pasar por seducidas cuando saben bien ellas que ya hace mucho que pasaron al papel de seductoras, creando de esta manera, la figura, no menos inmortal de doña Juana, y, porque, en fin, todas las cosas tienen su tiempo -y 'su afán' si tuviéramos que ceñirnos a palabras algo más bíblicas- y pasó la época de la donjuanía de igual modo que la de los gregüescos y la espada al cinto, una figura que se nos pierde hasta en los reales personajes que fueron sosteniendo el tipo de una seducción de distintos matices, y entre los que podríamos incluir las figuras del Casanova aventurero, del Kierkegaard sutil y complejo en sus elucubraciones metafísicas, del Amiel contrapuesto en actitudes y timideces insólitas que sin embargo pudieron tener un gancho especial ante la expectativa femenina, mientras que, por el lado de la ficción, el rastro del seductor sabe calar hondo en la literatura y en otras artes paralelas... En este punto, la estela de don Juan ofrece perspectivas de honda meditación, más que desde el fondo de su concepto de la seducción y de sus escalas filosófico sociales, de 1a curiosa trayectoria seguida... Refiriéndonos únicamente a los más conocidos, ya que la relación completa sería interminable, encontramos con que de Tirso de Molina pasa a Moliére, y curiosamente, con una cesión de atributos considerados muy españoles -y pasionales por lo tanto- y adquisición de otros más franceses, y cartesianos por supuesto. De ahí, habría que ir considerando la versión del Don Siovanni mozartiano, de E.T.fA. Hoffmann, Lord Byron, Baudelaire, Puchkin, entroncando de nuevo con su origen español en autores como Zorrilla, Machado (con Juan de Mañara y la antigua leyenda de éste). Valle Inclán y su trasunto del Casanova a la española, con un el 'feo, católico y sentimental marqués de Bradomín; con Unamuno y su 'el hermano Juan' y vuelta en la de los autores y personajes con Shaw, Frisch, Montherlant, Torrente Ballester, etc, visiones, revisiones y conversiones de un personaje que se nos trasunta desde aspectos tan disímiles y varios. De esta manera y a lo largo de una torna y retorna de su figura, nos abocamos a la edad presente en donde llegamos a la fecha cumbre de su invocación, que es este comienzo de noviembre en e1 que estamos, y casí nadie se acuerda de su nombre y renombre, de su figura y de su apostura, de doña Isabel o de doña Inés o de doña fina, porque, en realidad, la figura del seductor se ha ido perdiendo y ni siquiera los muchos grupos teatrales de aficionados, semiaficionados o profesionales quieren reparar en su figura, que no fuera preciso que se ciñera al modelo sorrillesco sino, seguramente mejor a cualquiera de las otras variantes que se ofrecen. 

   La naturaleza, en realidad, es como un espejo de los cambios y mutaciones de los seres que viven a su contacto. Y en este punto del declive de don Juan en su proyección teatral y recordatoria puede alentar, acaso, el declive real del hombre, que ya hemos dicho antes que semeja ser, por tantos síntomas que se le aprecian, una especie de 'fauno cansado' y "a punto de arrojar la toalla en el temaadusto de la sexualidad, curo ring en el que se le na convertido aquello que, en gongorino decir, eran "campos de pluma' cuando de lidiar 'batallas de amor' se tratase. 

31 - X - 1987

Kursaal



Que estaba yo, digo, esperando al autobús en la parada del paseo de Colón de esta ciudad de Sn.Sn. que es cuando empezaron a arreciar los chupinazos, esta pasada semana, penúltima de noviembre, que era que las brisas marinas me traían el eco de la celebración de los cocineros en el Kursaal de los Grandes Eventos Ciudadanos, supongo que metidos en su propia salsa, cuando dí en pensar en qué extraordinaria travesía se han metido y ahí siguen los sacerdotes de ese dios ventrudo qué es Gaster, adorado desde los principios de cualquier civilización (siempre canibalesca, pues nunca los humanos hemos dejado de comernos unos a otros siempre que hemos podido), la de los cocineros, pensé, es una histeria dé punto y aparte. En viejos tiempos los imaginábamos como a la bruja Potamía; sobre el llar, el caldero en el que se podía meter de todo, sapos y culebras para empezar y algún ratoncito de campo o esa otra rata gorda de las aguas sucias; que no faltase alguna barba arrancada del mismísimo bigote de Fierabrás, el gigante sarraceno tesorero dé reliquias cristianas y de su famoso bálsamo que todas las heridas curaba; qué menos que dejar posar como especia preciada unos pocos de ese vello púber venusino de las doncellas que dará a las aguas reluces dorados y sabores imaginários. Pero mucho cambiaron los tiempos, y ahora, la cocina de la bruja Potamia ya es laboratorio y lo que en él se destila merece hasta una consideración poética. Alguna vez que me fue posible sentarme ante algunas maravillas de tales laboratorios, pude darme cuenta de que las evanescentes sutilezas de lo que íbamos a trasegar, empezaban a notarse desde que el comensal se sienta ante su mesa, toma en sus manos con delicadeza como si un alígero poema fuera, el menú que se le ofrece que es donde comienza la maravilla, que ni los anacreónticos, pindáricos, anapésticos, arquílocos, etc, pueden hacer sombra a ese manojo de sensaciones que desde el menú se nos vierten, que lo que importa no es lo qué se va a comer sino lo que se dice que vamos a comer, que ya hemos pasado de la gracia del cocinero a la del confeccionador de menús, que un banquete moderno empieza no con los entremeses y el aperitivo sino con la lectura embriagante del menú que nos solivianta todos los jugos cerebrales y, en carambola, los ventrales; punto y hora en que, paladeado la vianda a manera de alma suave que en mí se trasfunde, siempre me da por recordar aquella exhortación lamentada de la' animula vagula, blandula,/ hospes comesque córporis ('pequeña alma volandera, tierna/, huésped y compañera de mi cuerpo'), etc, etc/con la que, según Elio Espartiano, se despide Adriano de este sinsabor de la vida, ya que ni de Apicio supo aprender el hedonismo de la mesa bien puesta y mejor aprovisionada, quizás porque, como ya dejó escrita en cita lapidaria otra de sus biógrafas más ilustres, la llamada Marguerite Yourcenar, se llega a una edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada', y, vuélvase a leer, por favor, la página siguiente de doña Marguerite que, después de que se nos haya dicho que 'comer demasiado es un vicio romano' y 'torpeza de campesinos hambrientos', nos ofrece muy apetecible repaso culinario, aunque, al fin, ha de recaer todo humano en la esquelética desnudez de lo esencial y primario y en rumiar pensamientos de pureza tales como beber un vaso de agua fresca, de igual manera que el fruidor de sensaciones todas como lo fue el Gog de Papini recae en el recuerdo, de vuelta de todos los excesos deleitosos imaginables, en la otra vez inédita gracia del pedazo de pan morenoo que le ofrece aquella rustica muchacha de Arezzo, que se me hace similar a esa gracia dadivosa de la moza frutera que, viéndome tan avejentado y de cara de hambre supongo, me ofrece la fruta rehús, ésa que, por una mácula de pudrición que como tatuaje lleva, se ha quedado en el fondo del cajón que es malecón donde se aprietan las naves que nadie quiere, 'que usted lo aprovechará' -me dice-, que ante la oferta, se hace preciso besar la fruta y la mano que la da, ritual imprescindible. ¡Dios la bendiga!. 



Ferrán Adriá.- 



   A todo esto, supongo que, con magnífico impudor y admirable sangre fría, ha dejado dicho el llamado Ferrán Adriá, calificado como 'mejor cocinero del mundo', que 'el nacimiento de la nueva cocina vasca fue un revulsivo, quizás lo más importante que ha ocurrido en Euskadi en años' (DV, 22-XI-07. M.E. pág. 15). Gracias sean dadas, pienso, que el asunto no haya pasado a mayores, que, aparte de ese apelativo de Euskadi (de regusto inapelablemente sabiniano), quizá es que algo hemos ganado en la comparativa. Antes, es un decir, no éramos otra cosa que grúas humanas, y, cuando nos llamaban 'morroskos del norte', algo como una baba gloriosa nos manaba copiosa de los labios a los hércules que creíamos serlo, y nos amanecía en los ojos el brillo insuperable de nuestra fortaleza física que, acaso, lo que nos había fallado era no hacer más caso al sabio Sabino de marras que, en alguno de sus escarceos mentales o: morales, seguro que ya nos legó (vertido naturalmente al idioma tribal) aquel consejo latino de 'Estóte prudéntes sicut serpentes et símplices sicut colúmbae' (Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas). Que, lo segundo sí, pero, en cuanto a lo primero, y ante la vanidad, ¿quién se acuerda de la fábula del cuervo y su queso y la naturalmente astuta zorra?... 



Elias.- 



   Sigo diciendo pues, que, al llegarme los chupinazos de Kursaal, y sabedor como era de lo que esta semana pasada dentro de las Jomadas gastronómicas en el edificio moneosco se cocía (y se freía y se relamía), di en pensar en la antinomia de cómo el Cuervo, antes de posarse en la pluma de Poe (tan unífona que solamente de la irreal sustancia de quimeras fantásticas tremebundas se alimentaba), había cerrado vuelo ante la gruta de Elias, el Tisbita, con el trozo de pan en el pico, aves cómodas éstas de la Biblia, cuyas alas mensajeras a tantos personajes del Libro socorrieron. Será verdad, no hay duda, me venía la advertencia, de que'no sólo de pan vive el hombre', que es testimonio que ha estado vivo, durante la semana pasada, en el Kursaal, que no era un lugar de panaderos sino de cocineros; también de gastrónomos, con lo poco que a alguno de éstos, según confesión propia, del pan se gustan, pero aun así, dándole vueltas a la celebración antedicha, sin menoscabo alguno de nuestro paladar, íbamos algunos a darle pleitesía al pan mismo como en el caso de Gog, y en honor a los muchos buenos panaderos que esa masa principal con tanta sabiduría la trabajan hasta venir a parar en que hay panes, de tan exquisita artesanía, con los que, el viejo y. duro castigo de ponerle a uno a pan y agua se trueca en premio. 

27 - XI - 07

Juegos navideños



   Como dicen los ludópatas y los perdedores, además del barón de Coubertin y los entusiastas de las fiestas populares, lo importante es participar'. Y, para tomar parte en las navidades hay una gran variedad de juegos, desde los propios para gargantúas y pantagrueles a los que se les hace la boca agua ante la vista de los excelsos platos tradicionales, hasta para los enamorados de los croupiers, vístanse de gala con smoking y pajarita a estilo casino o nos ofrezcan los décimos de lotería, que, ante esta opción, la pregunta que se hace el perdedor (siempre el perdedor que los que ganan nunca se preguntan nada) es sobre quién es el que mueve la rueda sobre la que se asienta la diosa Fortuna, quién será quien reparte la baraja de la suerte si algún dios torvo y sádico o el mismo diablo, que, aun apagados que hayan sido los dos pecados capitales de la gula y de la avaricia, quedan muchos juegos a qué jugar propios de las navidades, digamos, por ejemplo, los regalos que nos hacemos con recuerdos, felicitaciones (supongo que por haber llegado hasta este rincón del calendario de la vida, que, por lo demás, no hay de qué, ni por qué), familias reunidas, buenos deseos, músicas... 



Houllebecq.- 



   Es la sabia naturaleza la que ha dispuesto que aquello que más nos gusta más nos dañe, con lo que se establece una auténtica lid resuelta en el campo de batalla de nuestro ser todo, tanto en lo físico como en lo psíquico, por tratar de ver quién de los dos paladines lleva el pañuelo en la punta de la lanza, si el paladar o el estómago. Lucha que se supone que, en estas navidades, como en tantas habidas antes y habrá después, se dará en campos mil y se podrá ver cómo queda ese campo después de la batalla, no sé si al estilo de como pudo ver Houellebecq en aquella su primera novela que era la' ampliación del campo de batalla' producido por el liberalismo económico, los sistemas de diferenciación establecidos por el sexo y el dinero con 'efectos estrictamente equivalentes', que, ya sobre la mesa del yantar navideño uno se queda pensando si terminará en brazos del placer o en los de los retortijones. Es decir, que todo glotón sabe que su problema personal ha de ventilarlo entre el placer palatial y la dispepsia, que es como decir entre güelfos y gibelinos, o para más cerca señalar, entre ofiacinos y gamboinos, que si algo sabe bien sienta mal, y viceversa, con lo que no es difícil comprender que aún queda alguna amarga factura que pagar aun desde la mesa bien provista de la navidad, con las viandas preparadas al uso de la costumbre, el clarín de batalla de las familias bien sonado y respondido por sus componentes, las canciones de la postcena a la espera, pensando alguno de los componentes en levantarse aún antes de que termine el rito hogareño para meterse en el otro rito eclesiástico de la misa del gallo, que siempre le queda a uno la memoria nunca perdida de la pura voz diamantina de las monjas en la capilla del asilo entonando el 'Adeste fídeles', el viento ululante por las esquinas de las callejas antes y después de la adoración al infante divino, la nieve en andante moderato igualmente como el himno victorioso del natalicio divino, copos de algodón que temen posarse sobre la gélida tierra, pero pese a todo, 'venite, adoremus' con voz cada vez más sonante y resonante, más rompedora en alegrías germinadas en el fondo de las creencias... 



Don Pedro Recio de Agüero.- 



   Antes de que nos hubiéramos sumergido en esta Navidad de este año que será recordada como la del conejo' no hay duda, hubo muchas otras -para nosotros, los veteranos, al menos- que según lo que nos tocó manducar podrían llevar nombres antonomásicos muy recordables. La literatura, secretaria más o menos fiel de las costumbres de cada lugar, los habrá ido apuntando en ese siniestro cuaderno negro que todos tratamos de llevar a nuestras espaldas y que se llama edad (una fúnebre lista de años que no pasaron como quiere hacemos entender la mitología popular, ésa que tiene a los refranes como oráculos, sino que se nos quedan clavados entre los huesos y de ahí los artrósicos; cargados sobre las espaldas y de ahí los jorobados, magnetizados hacia los pulmones y de ahí los silicósicos y la secuela de neumónicos varios, etc, etc,(que tampoco es que trate de ser esto un diccionario de herejías corporales), aunque muchas veces, a contrapelo de nuestros deseos, se nos pone delante ese dicho cuaderno negro obstaculizándonos el paso y nos imposibilita caminar y tenemos que tumbamos (digamos que en la cama como una de las mejores opciones aunque sin descartar un primer paso por el quirófano). De todas formas, las navidades con nombres de animales comestibles, resultan ser tan preclaros y los más recordables, que la danza y la panza son los mejores componentes de la bienandanza, como lo hubiese dicho cualquiera de aquellos viejos intérpretes del humor medieval que se llamaban goliardos. Esa unión más o menos secreta, más o menos sacralizada entre memoria y estómago es una de las alianzas más increíbles que se han pactado a través de los siglos, y si desemboca, como es costumbre, en la mesa navideña, convendría disponer, mal que le pesase al glotón llamado Sancho Panza, de la presencia censora del doctor Pedro Recio de Agüero, como se le ocurrió diseñar a Cervantes. Recordar nuestra bestialidad suprema de comer a la hora de asistir a cualquier acto, por cívico o cultural que sea, se nos adentra hasta las entretelas del alma. Es decir, después del cantar viene el yantar, que no sé por qué en el momento en el que esto escribo, las palabras me vienen soldadas en rima ripiosa y, ¿por qué no dejar que se explayen a su gusto y albedrío? Concluyamos pues, la glosa de la pitanza, elevando a la evocación particular un memorial de banquetes de navidad, de viandas famosas que dieron sabrosura a salsas y cochuras de abolengo. Así sea. 



Jules Renard.- 



   Y terminemos estas remembranzas navideñas, con un toque musical, por ramplona que me salga. Escribía aquel célebre autor de un Diario sin par, el nunca suficientemente celebrado Jules Renard, espíritu irónico que rasgaba el papel siempre que escribía una de sus máximas malévolas, gran medidor del tiempo por otra parte como muestra de valores tal como cuando decía que 'es más difícil ser un hombre honesto durante ocho días que un héroe durante un cuarto de hora', que, 'tratando de cuestiones de oir música, preferia un cuarto de hora de la mala a una media hora de la buena', que añadiría yo, recordando esos recuerdos de navidades de antaño en sonsonetes inquietantes de coplillas y villancicos, que, al igual que el gran Fray Luis y el Maestro Salinas, prefiero también yo, la música de las esferas, ésa que tiene la virtud de no ser oída más que por oídos excelsos dejándonos a los demás en ese silencio que tan bien nos suena... 

25 - XII - 2007