miércoles, 23 de febrero de 2011

Jardines


   
   Dado el auge actual dé la novela histórica, es fácil prever que no tardará en salir a los escaparates de las librerías, la obra ' Asesinato en el Santuario', que puede ser que alguno crea, a partir de lo que el titulo sugiere, que se trata de mía novela, pero que no. Las presentes circunstancias, con 'tiroteos fortuitos' incluidos según Ia versión más edulcorada (y que quiere ser edulcorante también) en la voz del embaucador oficial a quien le distingue un peculiar sentido lexical, dan pie para todo tipo de componendas ante un hecho que los más ilusos del cotarro, daban ya en creer que se podría dar término. Se ha tratado, evidentemente, de quitarle hierro al asunto, equivocándose plenamente al tratarse de un negocio de plomo, cuando hasta las palomas de pasa saben que es el plomo lo que, en definitiva, mata. Ya que, de jardines pretendo escribir en esta ocasión, comience pues, la ronda, con el jardín de los asesinatos que no tienen fin, que es como 'la historia interminable' pero no precisamente de Ende; y cuando, por detrás de zarzas y arbustos, asoma de nuevo el dinosaurio, no precisamente el de Monterroso. 



De la memoria - 



   Una de las más horrendas enfermedades de la actualidad es la de la desmemoria. Quien quiera percatarse basta que baje a su pabellón. En el pasillo hay una puerta que da al sótano. Sin más motivo, estimulado por las fuerzas de su propia creatividad. Dino Buzzati tuvo la idea de dispar una casa de salud. A la muerte le gusta andar con paso de monstruo pesado y obsceno, de animal piesplanos que arrastra su falta de concavidades en la planta, que camina en balanceo grotesco, y para ello, lo único que se le propicia es la bajada, nunca la subida. Dino Buzzati comienza pues, a llenar su hospital desde la planta superior, reservando la parte alta para los que pueden soñar, todavía. De la memoria, los que menos saben, son los que la perdieron, aunque, en realidad, son los que más debieran saber puesto que son los más inmediatos testigos de su propia desgracia, pero es que ésta es, precisamente, la maldad añadida de esta enfermedad de la desmemoria. Abro pues esta gaveta de la Memoria a espuelas de haber leído, por vez primera en mi caso, que por ahí, por no sé qué parte del alfoz de esta ciudad de San Sebastián, algún poeta (frustrado o no tanto), ha dado en llamar a un lugar ' Jardín de la Memoria'. Temo mucho, lo confieso, a los que, saliéndose de su terreno o profesión, dan en invadir otros no tan pertinentes a su condición, y más aún, a los que, cautivados por una especie de espejismo mental, sueñan que están en posesión de una idea más o menos poética y quieren implantarla en sus realizaciones, de todo lo cual se pueden presentar, a poco que nos pongamos a revisar, convincentes modelos. A mí, la verdad, un jardín y un peral de ese jardín me dejaron un embeleso que aún me perdura. Y, también, ¿cómo olvidarme de aquél de los Finzi-Contíni del que nos habló Bassaní?... 



De la soledad.- 



   Aunque ha sido enfermedad de siempre (recuérdense los -un tanto crípticos por excesivamente barrocos- versos de un tal Luis de Góngbra y Argote en su personalísima versión de 'Las Soledades', así como a su Lope lopillo Coprotagonista de la más memorable agarrada entre genios del Siglo de Oro, y que a sus soledades iba y de sus soledades venia enhebrando mientras tanto soliloquios versados en la doble acepción de la palabra), fue mérito indiscutible de una editorial (Seix Barral, Biblioteca Formentor), sin duda la más atrayente en títulos por aquellos tiempos, la que nos ofreció la degustación de la soledad más angustiosa y que hizo boom en nuestro cerebro y en la de todos los coetáneos hasta el punto de ser, aún hoy, seguramente, la más mentada y comentada. Era el año 1962, y hacía ya tres que había aparecido en su versión original inglesa la novela "La soledad del corredor de fondo' de Alan Sillitoe (Nottingham, 1928) en la que se ponía en boca de un muchacho del Borstal (establecimiento penitenciario para jóvenes), Smith, la expresión en primera persona de una rebelión íntima superior a la de Lucifer y sus huestes angélicas con el 'non serviam' del. esclavo que aparenta serlo y borbota en soberbias ebullescentes pero tan silenciosas porque barbota y masculla hacia los adentros, palabras que germinan en el aire y hacen que las piernas no anden, que se muevan en una artesa de pasos de algodón que no andan, que de lo que se trata es de no ganar, que pase el zanguango de Gunthorpe con su resuello de pulmones jeringados mientras yo pienso en la carrera que he ganado y su premio, el trabajo de seis meses en servicios de limpieza y de cocina más cochinos en el Borstal que se me echa encima pero no puede conmigo. Vino luego (o, también, que el juego de los tiempos no lo domino) la soledad del portero ante el penalti, una entelequia idiota del que sí juega para ganar, hay que ser imbécil, y la otra soledad, dicen que más recia, la del condenado a una bala que lleva su nombre y no puede desviarla en historias varias que van desde un escenario de trincheras a los fosos con Mata Han como sublime modelo y el tiro en la nuca, recurso siempre presente^ y no quiero referirme más particularmente a 'la soledad del juzgador' otro título preclaro con ambiciones de bestseller. Muchas, en verdad, estas soledades que ya me doy cuenta de que estoy incurriendo en antinomia (o no sé si estaría mejor dicho antonimia), es decir, soledad y compañía, que acaso es del género que, durante cinco años, parece haber catado Ingrid Betancourt en los Jardines de las FARC, allá por la selva colombiana y de todo lo cuál habla con claridad un video abominable, y en donde parece ser que se dice que' vivimos muertos', que, desgraciadamente, tiene visos de no ser antinomia. 



De la esperanza.- 



   ¿Y quién me rediseña a mí la que creo que es injusticia de haberme arrojado a este Valle de Lágrimas, que no lo digo yo sino la Salve Regina, Mater Misericordiae, nada menos? La esperanza es, obviamente, el nuevo diseño de Salvación que se puede otear leyendo (aunque sólo sea la sinopsis periodística) del nuevo texto de Benedicto la encíclica 'Spe Salvi'. 'In illo tempore' (el pasado se nos va haciendo cada vez más lejanamente pasado) Juan Pablo II casi, casi, llega a decimos que eso del infiemo es una filfa, y, sin llegar a ello, lo sitúa allí, en un indeterminado lugar, en sólo un lugar. Pero, vuelve Benedicto XVI a la carga y remacha que sí (el corporativismo tiene vigencia hasta entre los Papas), que es un lugar, pero un lugar de castigo. Menos mal que, en medio de sus profundas cogitacionés teológicas, le gana su espíritu lírico y encuentra para los jardines de la eternidad, símiles tan mixcibles como inmersión o sumersión en el magma divino. En verdad, me digo, los senderos de la Iglesia siguen siendo tan inescrutables como encantadores. 

4 - XII - 2007

En penumbra


                                                                                                      
   Aquel peruano "indigenista* llamado Ciro Alegría (1909-1967), aparte de escribir de 'perros hambrientos', nos dijo también que 'el mundo es ancho y ajeno'. No tengo aquí suficiente sitio para decir por qué creo yo que lo dijo, ni por qué alguno de sus personajes -Rosendo Maqui y la comunidad de Rumi, entre otros- tenían sus excelentes razones para asi pensarlo. Lo que vengo a decir, simplemente, es que, cada vez más, el mundo va perdiendo anchura, y que, cada vez, también, nos va pareciendo menos ajeno. Con la tenue luz invernal con la que el nuevo año se nos abre, se hace notar pese a todo, a modo de penumbra, un juego de sombras donde alientan fantasmas varios tan rotundos que sentimos hasta el roce de sus sábanas. Mejor decir, por lo tanto, con el clásico latino, que nada humano nos es ajeno. Y, hasta lo inhumano de los humanos, como tantas veces, y tan dolorosamente, ocurre. 



La belleza del diablo.- 


   La penumbra del euro puede haber ayudado a colocarnos ante el caos económico. Y es que parece como que el personal no sabe con qué está tratando. Algo como aquello del 'triunfo del diablo'. El valor del euro ha quedado como en el limbo como algo gaseoso, poco corpóreo, y si alguno de los muchos que pasan por pobres por esas calles alarga la mano y sé le da un euro, habrá ocurrido un fenómeno singular: ninguno de los dos, ni el limosnero ni el mendigo habrán quedado satisfechos, víctimas los dos de la misma miseria: la de que el euro vale tanto y tan poco que da grima usarlo. Hace poco se habló del problema a la hora de dar propina, es decir, de cuando se es generoso o se es tacaño, ¡sublime misterio!. Pero lo cierto es que todo está más caro, es decir, sube el poder del euro y menos se puede comprar con él, y cada uno usa una medida distinta para subir los precios con lo que aumenta el caos, y lo que se nota es, solamente, como un frenesí de subida, como si nadie pidiera mantenerse en zonas estables: Se diría que es el veneno del euro, equivalente a ese triunfó del diablo del que tanto sabían -y pese a todo se rendían-, los eremitas del yermo, los que se marcharon a la vieja Tebaida para huir del mundo y de sus pompas y vanidades. De 'la belleza del diablo' nos dijo unas cuantas cosas, sublimemente artísticas en la forma y en el fondo, es verdad que todas anteriormente sabidas, aquel viejo cineasta llamado René Clair en un fílme que dió a conocer por el año 50 del pasado siglo, con ayuda del Mefístófeles de Goethe y con la, diría yo, delicuescente personalidad actoral de Geraird Philippe, pero el triunfo' del diablo va más allá, que habría que citar aquella vieja tabla sujeta por clavo oxidado y colgado en la pared de algún eremitorio de la vieja Tebaida, aquello tan chestertoniano y determinante de que 'el triunfo del diablo consiste en hacer creer que no existe ' con lo que tuvo campo libre. Igual que en el caso de la belleza del euro. Tan poderosa moneda en apariencia y, cada vez, de más flacas posibilidades. 



El danés.-  


   Tampoco nos olvidemos de la belleza del danés. Allá por Copenhague nació el llamado Sören Kierkegaard (1813-1855); y aquí, por Bilbao, un tal Unamuno (don Miguel para más señas, 'y Jugo' por parte de madre) (1864-1936). Y, dícese que se dice -y creo yo que se trata de un decir angélico, es decir, desprovisto de corporeidad y lleno de espíritu legendario, que este señor de Bilbao dió en ponerse a estudiar el danés para poder leer los papeles que iba escribiendo Kierkegaard, que de ser verdad semejante propósito (gran despropósito para mi, si así fuera), lo consideraría yo una simpleza nada más de un señor que, aun siendo de imprescriptible seriedad y admirable su obra en general, concedió no obstante algún melifluo respiro a la tontería, a ese fondo juguetón que todos llevamos dentro y nos puede hacer incurrír en levedades o hasta liviandades (valga el agresivo epíteto) impropias, que, para prueba testifical del quijotesco Unamuno transmutado a un ente de lúdieas inclinaciones infantiloides nos bastaría con fijamos en sus aficiones cocotológicas, Y menciono esta supuesta decisión de Unamuno como aprendiz del danés, porque se hace no sólo dificil, sino imposible de creer, que un hombre de semejante calidad intelectual, tan atareado en ir escribiendo una obra magna, entregue su precioso tiempo a ir mascando palabra por palabra los correosos (asi los supongo, al menos) términos del idioma danés, cuando me parece que, aun corriendo con el riesgo del 'traduttore, traditore', sería más pertinente, que ese trabajo de traductor, de inferior categoría que la del creador, se adjudicase a quien se debe adjudicar, es decir, al honorable cuerpo de traductores, que no tengo duda de que los hay de probado rigor y calidad en su ejercicio. Y, entre el euro, el diablo, el Kierkegaard y el Unamuno, es que resulta, acaso, que digo o quiero decir algo más, que digo que acaso no es necesario que salgan a escena, ni Unamimo, ni Kirkegaard, ni el danés, que dice el refranero a veces tan rústico pero a veces tan práctico, que ' en todas partes cuecen habas', y, si no es en plan de turista, para qué hacer viajes a tierras de Jutlandia cuando en penínsulas más Cercanas es posible encontrar iguales o mayores despropósitos so capa de fomentar programas culturales de vertiginosos costos. 



Ventanas cerradas.- 


   Supongo que no importa tanto comenzar bien el año como terminarlo bien, ya que, al fin y al cabo, lo que se busca a través de cualquier ecuación, ya sea algebraica, social, biológica, etc, es el resultado, hasta el punto de que por ahí, por todo el mundo y todos los tiempos, está vigente ese dicho, no sé si maquiavélico, jesuítico, o, simplemente gangsteril o mafioso, pero siempre tan acendrada y perversamente humano, de que el fin justifica los medios. Resulta, acaso, que estos últimos pensamientos de cautiverio existencial, aunque acompañantes perpetuos, se me encienden - " llama viva" de amistad- igual que se avivan los rescoldos, al anuncio de la pérdida de un amigo de siempre y ex-compañero, que me llega por las ondas. Al otro lado, la mensajera, su viuda, a la que siento que le cuesta mantener las palabras sin la consoladora ayuda de algún que otro sollozo. No doy nombres porque, dentro de una plena elegancia de espíritu, el querido amigo ha sabido pasar al otro lado del telón como piensa uno que se debe y quisiera pasar, es decir, sin mácula alguna, sin compañía, él y su bordón de peregrino ante el barquero, sabio hasta el punto de que no ignoraba que la muerte nos quita hasta el nombre, nos deja tan desnudos -más aún que el machadiano hijo de la mar- y tan imbeles que pudiéramos ingresar nuevamente en ese nicho materno del que hace años salimos. Una muerte, al fin, de ventanas cerradas la del querido amigo. Suprema elegancia. 

8 - I - 2008

El salduba



   Fue allí, en un templo gastronómico como era entonces el Salduba, donde nos reunimos en una de las primeras veces. No seguramente en la primera porque para cometer nuestros primeros pecados acostumbramos algunos ir en busca de lugares un poco recónditos, pudor de viejos tiempos por supuesto, quién sabe si un granero en donde poder hundimos a conciencia y salir de él mojados de polvo y paja (se admiten los equívocos doble sentido) como se puede apreciar en películas de lueñe sabor; o, un maizal en noches de luna llena que acostumbra a celestinear amoríos tanto impúberes como senectos a costa de que esa hojas gladio de los maizales, lanceoladas, nos sierren la cara y amanezcamos como un último apache con colores de guerra ni siquiera como en el caso de James Fenimore Cooper, de aquel ilustre algonquino que fue el mohicano que se nos posa desde las entrañad de la indiada norteamericana, por primera vez acaso el Manhattan neoyorquino en páginas de novela de pradera antes de que el ladrillo creciera tan pujante y ambicioso como dioses sobre sus calles en perenne sombra. 



Cincuenta años hace.- 


   El Salduba, pues, fue una de sus primeras cunas y el escenario de aquella cena me alancea la memoria a cincuenta años vista, cuando me parece hallarme ante su extinción. Se muere, creo, un invento (no sé si también un viento) que ha durado cincuenta años, lo leo en el periódico. Medio siglo de ir mirando, año tras año, cómo va sucediendo todo, de qué manera nuevas generaciones han ido aferrándose al viejo juguete; de como si en los primeros años ocupó páginas privilegiadas de la prensa diaria luego se fue pediendo esa dedicación entrañable y con esa disipación sobrevino una cierta apatía; de qué manera periodistas de raza y de oficio y de vocación que ocupaban preeminentes lugares se disputaban la preferencia; de cómo los ilustradores de esos relatos no afilaban ya sus lápices y lodo iba tomando un color lamentablemente anodino al no disponer de lo mucho que con esos dibujos y con su imaginativa se gana; y, en alas y aras de este proceder, todo fue derivando a un costumbrismo que siempre es un fenecer, que habrá que reconocer que la costumbre nos aduerme los impulsos, nos atrofíalos ánimos y todo se queda en la situación de ese bamboleo que se me centre cielo y tierra, algo como un espantajo sobre el que ejercen sus actos de ludibrio los pájaros del cielo, de esos que se dijo que no reparan en trojes, y para qué, si el celeste Padre de todos les alimenta. 





El epicedio.- 


   No hay duda de que se está procediendo a unas exequias y esto que voy escribiendo, para mí al menos, es un epicedio. Seguro que de nada vale lamentarse cuando de cosa terrena estamos tratando, y así lo atestiguarán en alguno de sus escritos de acendrado rigor místico, maestros como el Kempis o Eckhart, sumos sacerdotes de las disciplinas disciplinantes más arduas y crueles, pero en lo que a mí concierne, al menos, la película ha llegado a su fin, y por eso vuelvo a recordar alguna de aquellas primeras reuniones en Salduba, una cena entre amigos, tres directores de los tres periódicos locales entre los componentes del Jurado (Juan María Peña, Jesús Revuelta Imaz y Carlos de la Válgoma), dos amigos de verdad (que lo fuimos Femando Bandrés y quien esto escribe y en cuyas aficiones literarias floreció la idea) y el sexto (que nunca el último) personaje. Femando Orlando, sin cuya habilidad extrema de organizador y su vehemente optimismo en llevar adelante propósitos de todo tipo, nada hubiera salido a flote. Con él y en él, al mismo tiempo que hablo de un óbito, como me parece que lo es ya, del Concurso de Cuentos Ciudad de San Sebastián que, a sus cincuenta años pasa, no sé si a mejor o a peor, pero sí a otra vida, resurge uno nuevo, el de' Vivencias ", que como el anterior, surge de una humilde floración y no sabemos en qué parará todo. Por hoy basta recordar al Salduba, un restaurante de prestigio situado en el laberinto de las viejas calles donostiarras, en ésas sobre las que cualquier forastero nos pide las señas de situación y de identificación y se las procuramos solícitos, lugares de buen comer cuando todavía no se había producido ese discutible boom que todos conocemos aunque sí había dos o tres catedrales, al menos, en los que el buen yantar propiciaba encuentros y acuerdos de cuantía. Todo ello, allá por la década de los cincuenta del pasado siglo, con el veneno de la tinta al que éramos tan adictos. 



Las lenguas.- 


   No sé si me es lícito hablar de la lengua y si, en salsa por supuesto, era uno de los platos que figuraban en el menú del Salduba, aunque creo que no. Pero me sirve a mí, al menos, para enhebrar una pequeña excusa de referencia común cuando la lengua, por tantas razones, ha salido a la palestra estos días, que, para empezar, vale la airada palabra de Don Juan Carlos de Borbón en la Jomada de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, que, ignorante como soy y estoy de los tratamientos entre magnos no dejó de sorprenderme ese '¿Por qué no te callas?', que oí que le decía al vocinglero y bravucón, y que ya no oí más porque el púdico televisor escenificó otra cosa, tuteo que, díceme un amigo que es usual entre los reyes desde luengas edades, que, en principio, estoy en contra del tuteo porque elimina distancias cuando tan conveniente es mantenerlas, que si yo tuteo a cualquiera, cualquiera me puede tutear a mí y esto puede llevamos a situaciones desagradables, que la halitósis del tuteo puede hacemos dificultosa la convivencia. 

   De otras lenguas en jaque estos últimos días, pudiéramos elegir, por un ejemplo, la lengua azul de las ovejas, la lengua amarilla de los chinos, la lengua verdiblanquiroja de los eúskaros, etc, que, con la azul de las ovejas, transitamos transversalmente aunque transitoriamente fuere, por el angosto desfiladero del silencio más o menos cobarde de los corderos, que de eso sabemos mucho por estos pagos donde tanto se oye el balido, que la vida se nos tomó áspera y hostil oyendo nuestro propio' ¡Beeee...!', que ese' ¡Beeee...!' conjunto es el de la resignación tan onerosa y balando ese miserere es como se camina ciertamente hacia el matadero; y seguimos hablando de la lengua china que dicen que algunos, no sé si llamarlos curiosos opusilánimes o ambiciosos, fieramente se entrenan porque piensan que hay que mirar hacia adelante y creen en el porvenir que de tan amarillo color se presenta; y pienso que me queda aún por decir breves palabras sobre esa otra lengua en la que seguramente oí la primera nana, que me cuesta imaginar quién me la pudo cantar cuando tan inicuamente cerrados hemos sido todos en la familia a musiquillas y salmos, lengua que contrariamente mira hacia el pasado y tratan algunos de que repuje en nuevos brotes aunque sea a latigazos, que todo les llegará á los más jóvenes de la tribu si de esta guisa siguen las cosas!..

12 - XI - 2007

                                                                                          


martes, 22 de febrero de 2011

El conejo



   Si ya hace mucho tiempo que compitió con el visón y la chinchilla en su carrera de cubrir los bustos de encopetadas damas, los hacen disputar ahora por la mesa navideña en lucha con pavos y besugos. Nunca se vio el humilde conejo en trance parecido, y todo porque gentes de gobierno situadas en altas esferas así lo han decidido. Lo del conejo parece como una poesía humorística de aquel médico versificador y sainetero que se llamó Vital Aza (1851-1912), y de quien todos saben al menos las peripecias vividas por un médico cazador tratando de abatir un conejo. Lo de este animal, ya se sabe, se presta a chistes sicalípticos o desvergonzados depende de en boca de quien, que a la plebe nacional le sale la inverecundia hasta por las orejas cuando asoma la ocasión tan calva, y nunca la pintaron mejor que ahora, sin ningún pelo excepto los que se quedan pegados a la gazapera del doble sentido que basta con que se pronuncie la palabra para que los arúspices de la broma carpetovetónica más bruta se nos pierdan por territorios nada lampiños, que a mí, en cambio, el término me lleva a la Italia de la Segunda Guerra Mundial, cuando todo se vendía por la piel, "la pelle' lo más valioso de la persona si bien se mira excepto para Bartolomé, el santo apóstol del Cana de la boda y del milagro del vino, patrono de los desollados que lo son también los conejos pero después de ser sacrificados, que llegada la soldadesca estadounidense a Nápoles, donde comienza el curioso mercadeo del negro, el negro que pasa de mano en mano, de la mano de un 'scugnizzo' a la mano de otro 'scugnizzo' y así sucesivamente, comenzaban las otras transacciones bélicas', entre ellas la de las 'pelucas' una de las más llamativas ventas que figuran en el libro de uno de los mejores cronistas de la guerra aquella, de aquel gran condotiero de la pluma que se hizo llamar Curzio Malaparte, páginas que pueden parecer abominables si se las contempla en el vertedero de la guerra, allá donde van a parar tantos detritus de virtudes ya putrescentes que la dignidad y el honor y el amor propio y el orgullo y tantos otros vivificantes caloríferos de la personalidad perecen ignominiosamente cuando la piel se pone en peligro o la supervivencia apunta en su negro cuaderno de notas que lo que de verdad importa es salvar la piel, que de ahí en adelante vienen una serie de pensamientos o reflexiones sobre el hecho de contemplar un país bajo un prensado continuo, los más radicales 'ismos' del siglo XX pesando sobre su piel, el largo camino emprendido en restañar heridas, después del fascismo, el nazismo, etc, que, al final, el largo proceso viene a parar en las 'pelucas' de Milán y en la lección que cualquiera hubiera aprendido y que le da a don Curzio la idea de un drama que llevar a escena, un título que escande en el mismo lugar del napolitano que vende 'pelucas' 'for negros, for american negros', la lección augusta de que 'también las mujeres han perdido la guerra','women too'. 

   Pero, ésta de los conejos aconsejados como vianda preferida del gobierno español actual para la nochebuena, no hay duda de que tiene que ver más con la estampa de la Navidad clásica española desbaratada en su esencia, una como crónica del irónico Larra a la hora de escribir sus urdimbres costumbristas, aquella de Mame la bota María que me voy a emborrachar', el yantar copioso como ofrenda de los estómagos todos a la festividad navideña, la selección de los platos típicos debidamente adobados pero sobre materia noble más posible, y evitando siempre, coloquémoslo en el lugar preferido, el dar a nadie gato por liebre. Acaso es que nunca la gastronomía vióse en trance más fiero, por lo menos en mayor ridículo. Los viejos flecos de la preguerra que aún respiramos, que aún salimos a pasear por ciudad y vamos contemplando, con un cierto lejano mirar irónico y displicente no por ello privados de bonhomía muy al contrario, el curso de las gentes, la orfebrería de las calles en la que se entretienen los correspondientes ediles corriéndose la juerga de hacer cada vez más difícil su tránsito seáse para peatones y motorizados e inclinándose rabiosamente por los pedales, podemos también echar la vista atrás y refocilar al menos nuestro recuerdo ante aquellos productos que seguramente ni en los más atroces años del bloqueo o del boicot los echamos de menos, digamos, por un ejemplo, y no es cosa de quererle ganar la apuesta a Baltasar de Alcázar (1530-1606) en su copiosa cena ante Inés y estando de invitado de piedra el incógnito don Lope de Sosa, que las angulas, esas pequeñas princesas blancas a las que se les ha irrogado el ludibrio de buscarlas sucedáneos de surimi, las comíamos a puñados, sin molestamos siquiera en sartenearlas con ajo y guindillas, la flor y nata de las pescadoras andarinas hijas o hermanas de las que de Santurce a Bilbao iban luciendo la pantorrilla llevando sobre su airosa cabeza la tabla llena de un cuantioso buffet de pescados incluidas la preciadas angulas y en donde tampoco faltaba el besugo, gran señor, que si Hermán Melville (1819-1891) lo hubiera catado, es probable que la obsesión de Moby Dick se le hubiera encofrado en la pura delicia de ese producto de los mares que, para ser ambrosía, no pedía otra cosa que colocar sus escamas de rosiclar sobre la cálida plancha, pintar sus espacios con pluma untada en aceite de oliva y una vez abierta y generosamente ofrecida sobre la bandeja ritual, verter aceite hirviente sobre ella, que es de esa sencilla manera cómo, burlándose de lo grandes chefs y de sus procedimientos complejos y acomplejados se ofrecía en ritual sacrosanto casi, como una exaltación de emisario insuperable de los reinos neptunianos. 

   Pero si se quisiera hacer una exaltación de los rituales gastronómicos de la navidad, tan evidentemente desorbitados sobre todo para los que, a la hora del yantar miramos más hacia la Tebaida que hacia Epulonia, y que tan chafados han quedado por esta intromisión del conejo en los comedores navideños, cualquier mozo de cocina, sin necesidad de que interviniese ningún chef, estaría en situación de damos la lista de grandes recetas para la cena de ese día de los días, en los que, como dice la canción, 'egun oietan oitutzen degu, guziok afari ona', que se pudiera hablar de capones y toda la gran volatería con que se llenan los mercados, de la pescadería en parecido desbordamiento que ni siquiera el capitán Nemo a pesar de las páginas y páginas de su viaje no pudo verlas desde el Nautilus, otras plantas de inenarrable sabor que los expertos recordarán sin gran apremio, animales aéreos, terrestres, marinos, anfibios, etc, tan acreditados todos en buen sabor que automáticamente habría que colocarles el label de calidad, al lado de los cuales el precioso y peludo conejo puede servir mejor de mascota que de vianda. 



18 – XII - 2007



De trenes, mayormente



   ¿En qué idioma hablan los trenes? Digamos, de entrada, que, aunque también para viajar, para lo que sirven los trenes, como todo tipo de ingenios, objetos, etc, inventados o no por los hombres, es para hacer preguntas, como, por ejemplo, ésta de fonología con que se abre este texto y que se asoma como consecuencia de una más que duda que ha hecho resonar por los aires la ministra del ramo ferroviario que, acostumbrada a soltar garbosas proclamas, ha alegado, como razón suficiente de los retrasos en ferrocarriles sureños de trenes de alta velocidad, que se debe en gran parte a qué las ánimas tan sofisticadas de tan veloces criaturas, no entienden la peculiar acentuación y esquileo de letras a. la lengua española hablada en tierras andaluzas, ya se sabe, ese ceceo de dulces resonancias, el encabritado laberinto de metáforas espontáneas y sublimes, esa sabrosa gracia de mentes y bocas bendecidas como hay tantas en la tierra de María Santísima. Una razón, la expresada por la ministra, que no deja de tener su importancia, supongo, en orden a evitar tragedias ferroviarias de gravedad supina aparte de que su 'salida' ha provocado una gran carcajada de época por suponer insuperable su simpleza, pero que, al mismo tiempo, abre al mínimamente imaginativo una puerta a la memoria de incalculables proyecciones de nuestra vida ulterior y citerior, una especie de stargate por donde acceder a épocas pasadas y futuras, a hacer añicos a la cronología y a quien la trujo, a ser tan libérrimos en el tiempo que ese vuelo de gaviota que tanto envidiamos por su belleza estampada contra cielos añil y olas esmeralda nos parezca quisicosa pueril, nos invita a evocar acontecimientos y crear otros nuevos, a rodar al ritmo y al sonsonete tan adormecedor como ensoñador de aquel viejo tac-tac, tac-tac, tac-tac que era la música trepidante de los viejos caminos de hierro, en la cabeza el monótono taconeo de ese buril de trépano que nos desmigajaba los sesos y los amasaba en papilla, y sobre cuyo discurrir ferruginoso, sobre vagones de todo tipo, desde el menestral a los de los grandes expresos, desde los humildísimos y encantadores y tan mareantes de via estrecha hasta los de anchos holgados y hasta los que se deslizarán en el futuro aún más sobre un único riel con lo que se ha dejado de creer en aquella ley increíble de las paralelas que nunca se encuentran cuando es sabido por todos que nada hay en la vida con la que no se encuentre y con que se enfrente y se choque que, a dónde si no los virus de la venganza fría, las esperas del beduino frente a la casa o calle por donde se verá pasar el cadáver del enemigo. En todos los trenes en suma hasta los que retan ahora a las velocidades cumbre de los tav, en todos los trenes y en algunos viajes nos acontecieron y acontecen grandes aventuras, de ésas que todos guardamos en nuestra intimidad como en un florero de plantas fetichistas, corolas traslúcidas si se les deja que se amaine en polvillo la savia de sus nervios, fragancias nunca perdidas entre las dos hojas del libro entre las que se depositó y en las que ha dejado su rastro de humedad resecada antinomia mágica. Las aventuras del tren tienen su vértebra de premonición si así se quiere creer, o de realidad que se convirtió en sahumerio de emociones, sarmentosas si viejas o esperanzadoras si nuevas, y en lo que se llega a pensar, sobrevolando cronologías si se quiere, es por qué en todos los grandes fastos no están los trenes como grandes protagonistas. 


Benazir Bhuto.- 

   Han estado, sí, en grandes ocasiones, y me imagino que un vendedor de la imagen del tren como gran conquista al estilo de los viejos magnates y potentados ferroviarios, no dejaría escapar esta ocasión de hacer propaganda -aunque fuera con riesgo de caer bajo el calificativo de carroñero-, que ofrece el asesinato de esa señora que se llamó Benazir Bhuto, cuya autobiografía 'Hija de Oriente' (Seix Barral, 1989) leí con cierto interés por lejos que me cayera el Pakistán y sus problemas. Como en el caso del escritor francés Maurice Barrés (1862-1923), fundador y director y único colaborador de una revista literaria, quien remando a favor de corriente sin escrúpulos de ninguna clase, aprovechó el ostentoso asesinato de un tal Morin a las mismas puertas del Palacio de Justicia y que dió qué hablar al todo París, para poblar las calles de hombres-sándwichs que proclamaban por delante y por detrás que el asesinado Morin, ¡qué lástima!, no podría leer ya su revista, no sé si se podría decir o no, que si en vez del coche hubiera optado por el tren, fuera posible que doña Benazir ahora no estuviera muerta, que acaso lo estuviera antes aunque para decir eso hiciera falta saber cómo funcionan los trenes por esos lugares, y en qué pudiera parecerse a la imagen de aquel otro tren que aparece en aquel filme que realizó Richard Attenborough sobre Ghandi y que dió su gran oportunidad interpretativa a Ben Kingsley, es decir, con viajeros asomándose por todas las ventanillas como trapos sucios al oreo. De todas formas, y al estilo de como es fácil leer en su libro antes mencionado, permítaseme cubrir el recuerdo de esa temeraria mujer pakistaní con muchos pétalos de rosa como acostumbraban a cubrirla frecuentemente sus partidarios. 



A La Catedral.- 

   Para hacer añicos la dictadura del tiempo y poder situamos en la anacronía pura, pudieran barajarse otras muchas preguntas sobre ferrocarriles y trenes, siempre tan cercanos y tan lejanos, envueltos los más en neblinas de aventura, en su humo que lo dejaba deshilachándose en el paisaje junto con su silbido, los viejos trenes de las noches de insomnio, los de las madrugadas que rechinan sobre los rieles, los de los ojos soñolientos en la ventanilla. Pudiera escribirse un poema breve como un espasmo siempre con los trenes en la distancia, sobre la distancia, contra la distancia. Su ulular de monstruo a la carrera por entre paisajes que se atropellan, tan ordenadas y tan desordenadas. Con miles de idiomas que en su vientre se hablan (pero, a todo esto, ¿en qué idioma hablan ellos, ellos mismos, los trenes, señora ministra?... ¿Por qué -y es ésta otra pregunta que se me ocurre hacer ahora que están tan a la puerta-, no vienen en tren los reyes magos y no en esas viejas caravanas de camellos que de tan cartón piedra parecen?. Y también, ¿en qué tren, metro, tranvía, bus, por qué vía por la 'y' o por la 'z', habrá que trasladarse de aquí en adelante a la Catedral de las Grandes Reivindicaciones Patrioteras donde las huestes enardecidas por una educación convenientemente dirigida han entendido, al fin, que ni por el corazón ni por la mente sino por los pies comienzan todas las ascensiones, a patadas para mejor entendemos, y ribeteando una ucronía más en el país de las ucronías múltiples. 

2 – I - 2008

















De gritos

   ¿Dónde fue aquella voz, en qué calle, plaza, paseo o avenida aquella voz desmedrada, enteca y desnuda, voz demudada y desastrada, tan desatentada que dió en chocar con esquinas de calles, con esquirlas de coches y farolas, ascendió por paredes y se filtró por ventanas, voz que nadie oyó aunque todos la oyeron? La voz estremecida, ya se sabe, va a alargarse en alarido, en grito, a terminar en gemido, así de consuno con la pérdida de fuerzas y confundiéndose en la memoria, lo que hace difícil, en verdad, acordamos de dónde fue donde lo oímos para poder adjudicar su nombre idóneo, el que corresponda, a esa calle de entre todas las de la ciudad, una labor de exquisita selección que la espesura municipal la resuelve a su manera, sin más detalle que la de colocar una especie de paravientos nominal para que no se diga (o para que se diga, qué más da, que se ha cumplido con ese más o menos notorio o grisáceo personaje no importa de qué oficio o beneficio, que pueda ser que no hizo otros méritos que el de lograr semejante elección mostrenca). Sin embargo, la ciudad guarda arcanos de sensibilidad que esa citada espesura municipal parece que ignora. Ya nos susurró Gabriel Miró (1879-1930) en 'Años y leguas', que las ciudades grandes, ruidosas y duras tienen algo de sí propio, alguna parcela con quietud suya' que tampoco nos es difícil advertir que, también para el horror, para la inmundicia, hasta para el pecado mortal (como la encontró Emilio Carrere en su Madrid bohemio de cofrades de la pirueta y truhanesas), y cómo no para el alarido que se me ocurre remontar imaginariamente en ésta en la que habitamos, que, con la memoria en sangre viva, tampoco sería difícil encontrarla ya que en cualquier esquina nos asalta la tizne del asesinato, no en balde hemos vivido (y seguimos viviendo) tantos y tantos lustros bajo su tiranía. En su paseo de rememoranzas y resuellos, al llegar a la floresta literaria vasca, J.R.J. (Juan Ramón Jímenez, para los poco dados a siglas y acrónimos) escribe de Tomás Meabe, aquello de '¿Bastan los dos o tres gritos que le han dejado dar en su ahogo diario, para definir la silueta de su bella vida interior de pajarito triste y pobre?'. Es decir, dos o tres gritos, nada más, que parece ser como la medida del hombre como pajarito, para J.R.J., aunque también, para el hombre 'con nombre de hombre', como nos sigue diciendo el de Moguer sobre el mismo y anterior personaje. Pero es que, acaso, no es que se trata solamente del grito que nos dejan dar sino también del que los ruidos del día, los ruidos diáconos de la cotidianeidad, nos dejan oir. Esos largos, ululantes, terebrantes, aturdidores, que a manera de brocas, nos penetran, nos enajenan, aunque también nos hacen vivir, pues, ¿qué otra cosa que 'dolorido sentir' no es la vida si a la manera de Garcilaso la miramos?... 


Tarzán.- 

   Por provenir de pesadillas, aunque reales, no me es fácil tratar de dar con el debido y contundente lugar en nuestra ciudad para ese reto del grito atroz, del que hasta el duro remordimiento de, como todos, no haberlo oído, hasta debiera atormentarme. Y ahora que me pongo a pensar en dónde fue dónde, dónde oí la agonía de hombre o mujer con angustias insoportables de la mayor crueldad, se me asoman gritos notables que hicieron historia. Uno de ellos, en tela de juicio ahora por pleito de haberes, no es grito de miedos ni de gravitaciones siempre horripilantes del terror, sino de exultación y de amenaza, grito del más allá que todo lo paraliza, como ocurría sobre toda fa animalía selvática con el grito de Tarzán, grito que Weissmüller consideró tan suyo que no pudo por menos de usarlo hasta que murió, un grito exponencial de gran carga semántica que alarmó en su triste soledad (suponemos) a los residentes de ese sombrío lugar en el que tuvo lugar el aterido episodio de su óbito, que dicen los que oyen voces de pasmo perdidas en los espacios vagarosos de fantasmas, que aquellos residentes que con él residían en la residencia (la redundancia es voluntariamente redundante) digna de un relato de Diño Buzzati saturado de delicuescentes miserias, le oyeron dardear en do de pecho sostenido hasta su expiración. 



Munch.- 


   Otro de los gritos que resuenan sobre toda otra gritería, nos lo es inaudible (y, por lo tanto, inaudito) y dió mucho de qué hablar, hasta con vociferaciones mundiales, hace unos cuantos (pocos) años por el motivo de que algún desaprensivo ciudadano (o, no sabemos bien si un grupo organizado), dió en descolgarlo de donde bien colgado estaba y llevárselo a su casa bajo el sobaco que es una manera muy propia que usan unos cuantos inmunes a exudaciones corporales para hacer suya una cosa. Ese tal grito, ya se sabe que le salió a un tal Edvard Munch (1863-1944), noruego de pro, desde las mismísimas entretelas de su desasosiego vital, de ese optimismo pesimista (o, viceversa) que le caracterizó durante toda su vida, un arrastrarse por los senderos de la calamidad más calamitosa, gran parte de sus familiares clavados en sus morbosas ideaciones pictóricas como en tabla de entomólogo que aprieta repetidamente la aguja sobre el torso de la mariposa cuando ésta aletea aún, el espanto del vivir fijada para siempre en sus agrestes cuadros que son espejos vivos de su identidad íntima (como todo si cabe, es verdad, pero aquí aún con mayor motivo). En esa ocasión antedicha de su descuelgue forzado, 'el grito' de Munch se dejó oir una vez más aunque nunca dejara de oirse en el tímpano del hombre imbuido en la desgracia de 'haber sido nacido', como nos lo informó, allá por el Siglo de Oro el llamado Calderón de la Barca (don Pedro) (1601-1681). 'El grito' de Munch, inaudible (y, por lo tanto, inaudito) sabe resonarse con fuerza -¡y, cómo resuena y nos resuena!-, se nos adentra como esa daga viva que se abre paso por entre los ijares y acaba sajándonos el hígado y haciéndonos retorcer sobre nuestra propio dolor y angustia, sobre nuestros espasmos que son como guijarros que se nos pegan a los poros y ¡cómo duelen, tan dolorosos!. 


El tacón.- 

   Ir a través de la ciudad, en pos de la calle aquella, puede que sea empresa demasiado aventurada cuando tampoco se sabe bien si es demasiado silenciosa o ruidosa, si a la noche se ilumina o se apaga toda en oscuridad, cuando el paso de los que por ella caminan es quedo o se oye el retintín obsesivo de un tacón que nos agujerea el tímpano de los miedos todos, de las pesadillas incongruas que nos hacen acurrucamos en esa orfandad de la sábana que quiere arrojamos a la morfología del feto, cuando tantos gritos se nos asoman por tantas cuestiones tan pugnaces que la vida nos presenta y la garganta se nos vuelve afónica de tanto callar, cuando hay gritos que se hacen silencio pero también silencios que se hacen estrépito, y tan grande, que por lo mismo, hacen que no se oiga nada, tan en silencio todo, todo tan en silencio... 

20 - XI - 2007

lunes, 21 de febrero de 2011

La bolsa o la vida

    El último verso del último poema de 'Sonetos para Helena', de Fierre Ronsard (1524-
1585), ofrece esa indeclinable mixtura que confunde ¡en un mismo bol al Amor y a la
Muerte. Tar TAmour & la Mort n'est qu'une mesme chose' escribió el inconstante
enamorado vencido al fin por una aparente constancia, al dar fin a esos 79 sonetos que el
hombre vivo pese a su diferencia de edad (por el espacio diferencial de los 25 años entre
uno y otra) dedicó a Héléne de Surgéres, una dama de origen galaico español, su Amada
muerta (que no a la manera de la "amada inmóvil' de Nervo que la de Ronsard se movía y
mucho en la sociedad cortesana a la que pertenecía, pero toda amada está muerta si no
responde, si los poemas del amado son saetas perdidas que van a perderse no se sabe
dónde, acaso en ningún sitio, o, si en el colmo de lo absolutamente perfecto, también se
sabe la lección suprema de aquel gran arquero en que llegó a convertirse aquel hombre
llamado Chi Ch'ang que vivía en la ciudad de Hantah, capital del antiguo Estado chino de
Chao, que aprendió del maestro de arqueros Wei Fei los rudimentos del oficio y fue
dirigido a donde el Supremo, Kan Yin, a resultas de todo lo cual se apropió de la máxima
sabiduría, ésa que dice que 'la culminación de la actividad es la inactividad; la de la
oratoria, la paralización de la lengua; la del disparo de arco, la negación a hacer uso de él',
que de esta manera es que ya hemos llegado a la perfección suprema que puede paladearse
en la quietud, en la levedad y gracia de lo inmóvil, confinada dimensión de la paz segura).
De hecho, mientras se van leyendo esos 79 sonetos sé nos va configurando la imagen de
ese hombre dual que fue Fierre de Ronsard, un galante eclesiástico del XVI francés, que
bien merecería tener un esbozo de biografía imaginaria escrito a la manera de los que
Marcel Schwob (1867-1905) escribió, aún a pesar de que su propia vida no ceda en
fantasía, lozanía, prestancia, galantería o galanura a ninguna de las que se nos asoman
desde la pluma del simbolista galo, llámense Empédocles, Eróstrato o Grates (evocadores
del mundo antiguo) para empezar, y los hediondos; Burke y Hare, levantacadáveres (más
propincuos aunque a salvadora distancia todavía, por suerte), para terminar.


   Pero si vamos a lo que importa, lo que nos falta, sin duda, es el mismísimo Marcel
Schwob (imposible sustituirle) y lo que sobran son personajes más o menos salidos de
madre, que el mundo está saturado de frikis como todos sabemos. El cóctel entre amor y
muerte puede darse, en este verano en el que alentamos o navegamos desde variadísimos
puntos de oteo. Se abre, por un ejemplo, la Semana Grande, y el ambiente, hasta por la
noche, se nos llena de luces ('helo, helo, por do vienen', qué digo, los fuegos artificiales y
los elaborados en el otro laboratorio de ese más allá que es el de 'irás y no volverás', las
Perseidas que caen como lluvia fuliginosa sobre el ciclorama que nos protege (que no
quiero referirme a los otros fuegos, llamados 'fatuos' y que ascienden en vez de bajar, que
para este menester es preciso acercarse al cementerio y es que no me sale ni un sólo
artículo sin su mención que ya es desgracia) y en cuanto al amor y la muerte, se consuma
sobre las arenas de Illumbe la fálica ceremonia entre el acero y el morrillo o quién sabe si
de las astas con el femoral entre un baile de abanicos y un musiqueo de olés, que todo
consiste en un abrazo o un beso con sangre de por medio que la marca del vampiro es la
simbología más tatuable que pudieron exhalar las montañas de Valaquia con el Empalador
como figura mediática y todo se expandió en colores de leyenda, que añádase a ello ese
temblor de tierras amedrentadas que se ha dejado oir por las tierras del centro (que nos
faltarán augures, y en ello acaso convengo, pero que algo significan como siempre han
significado las fiebres telúricas), y hay regueros de sangre más o menos contenidos o no en
las acequias del amor o del desamor (que ambos a dos vienen a ser lo mismo, ramas
isomorfas en distinta dirección de la misma planta).




   Repaso la agenda del verano y es, en cierto modo, como si abriese las páginas de la Biblia
(no me importa que se tome o no como ejercicio trivial, y tampoco importa si por el
principio, por el génesis de todo o por la hecatombe final, tan apocalíptica). Allá por el 47
del pasado siglo, y en ese lenguaje que todavía guardaba elegancias y pródigo uso como
era el francés y categoría suma compartida en el mundo de la cultura (y como creo también
que en parte ha ido perdiendo con el tiempo), un serio y profundo delator de los males del
mundo (de entonces aunque de siempre pese a todo) como fue Albert Camus (1913-1960)
denunciaba a unas cuantas ratas de la ciudad de Orán, difusoras de la peste bubónica, como
fermentadoras de una conciencia mundial de atropellados por el sufrimiento. Y se elevaba
como una exigencia de queja, a Nadie que es el Todo, al Ser Inexistente (antinomias de
Camus y de todos los que queriendo colgar su queja no encuentran dónde), al que ninguna
teodicea pudiera exculpar por un silencio que ha seguido siendo horrísono a lo largo de los
siglos. Acaso puede parecer ridículo comparar a las ratas de Orán con los topillos
vallisoletanos que arrasan los viñedos productores del mosto de Rueda y contra los que ni
siquiera vale ejercitarse en el noble deporte de la quema de rastrojos incluido el ;!
desaconseje gubernativo por estas prácticas y aunque también sean peste como todo lo que
superabunda; que también fuera banal comparación lá que pudiera realizarse con los <
mejillones cebra de Lareo y sus compactas agrupaciones que parece como si se sintiera un
ansia de comunión con el oxígeno vivificador y con los pulmones a punto de estallar por la
presión que pudieran ejercer sobre nuestras cañerías; y no digamos cuando trasladamos el
módulo comparativo y lo aplicamos sobre el fraagor existencial de Franska, la osa Franska,
nacida en eslovenia y muerta por accidente de carretera ahí por los montes que cercan la
gruta del milagro por antonomasia; y dejemos aparte, no sé por qué razón de pudibundez,
otras historias del animal humano, violencias en el hogar y en el descampado, navajazos
que refulgen como en cualquier colorista drama de sexo y celos, el amor gañán y garañón
que pide su lugar en este descontrol de los días, pero que, en todo ello, si bien se mira,
puede hallarse siempre una razón de sangres y sus vertidos, de amores y desamores, acaso
por la única aunque poderosa razón de que todo lo que el hombre lleva a cabo le rezuma de
sus caudales líquidos, la sangre y el sudor y las lágrimas, de todo lo cual es epítome
acertado ese último verso del último poema de los 'Sonetos para Helena' de Fierre De
Ronsard, fundador de la Pléiade, y que nos viene a decir, que 'amor y muerte no son más
que una misma cosa'.

14 - VIII - 07