jueves, 17 de febrero de 2011

El Maria Cristina

   ¿Habrá que derribar también ese florón municipal donostiarra que es el María Cristina? ¿Cómo sentará a los donostiarras (que bien pudieran llamarse 'maricristinos' por lo mucho que se lo deben a la Habsburgo) tal asolación, desolación y aplanación? Y lo pregunto porque parece como que, en esta España caótica en donde, quiérase o no, aún vivimos, ha salido una especie de viento monoparcialmente reivindicativo, un virus político que quiere convertirse en alzheimer de último grado a la hora de querer borrar toda memoria de las secuelas que todavía figuran en calles y plazas de una guerra que se desarrolló hace setenta años y que resultan difíciles de digerir para algunos estómagos, y ha de saberse que uno de los primeros sarpullidos guerreros que se pudo observar, lo fue en este singular edificio, honra y prez de la arquitectura donostiarra más jatorra', modelo sin par de las construcciones más fetén de su Ensanche, símbolo y blasón de sus señas de identidad más aristocráticas, secuela emblemática de un escalofrío de elegancia y estilo que se perdieron para siempre. ¿Por dónde y de qué manera se procederá a su derribo? ¿De qué manera o no se embargará la pluma del burgomaestre a quien le tocará firmar en esa rifa de los tiempos y de las edades para que ese oprobio de otra tala más (tan cercana a la anterior de los árboles perplejos en la mañana que los decapitaron sin previo aviso) le perdure in eternum? ¿Se acometerá, una vez más, al estilo de lo ocurrido con las torres de Arbide, el ciclópeo trabajo de desmontar todo piedra sobre piedra para elevar todo otra vez no se sabe en qué monte o colina, acaso en Urgull en sustitución de ese Sagrado Corazón que tampoco deja de ser reliquia de ese pasado vergonzante y oneroso que de un plumazo se quiere borrar, por mucho que sea imagen, bien amada por cierto en este caso, para tantos y tantos donostiarras que, no me acuerdo yo por qué fechas, suben muy de mañana hasta sus plantas a orar en costumbre ya tan sedimentada; a Ulía, acaso, que nunca cejó en ese su llorar de pérdida de su revolucionario armatoste que el ilustre ingeniero ideó y pergeñó para gozo y contentamiento de gentes dadas a contemplar panorámicas naturales (en tecnicolor jolibudense si preciso fuere); en Igueldo, ¡voto a bríos' como diría el personaje del cómic, donde podría hallar lugar bienquisto, haciéndose a una con el recuerdo, supongo que funeral, de aquella osa insigne llamada Ursula para mejor arregosto de la lengua en sus lametones hacia el hontanar de los efluvios maternales, etc, etc. 



Los lemings.- 


   Se me perdonará, espero, que mi recuerdo del principio de la guerra -tan civil y necesaria para algunos, tan incivil e insoportable para otros-, me venga en forma de esa leyenda de la marcha suicida de los lemings que allá, por las montañas noruegas representan el patético espectáculo de ir a parar al Atlántico donde perecen, que lo asocio, claro está, con aquel otro pasaje tan conocido de los cameros de Panurgo que se sacó de la manga aquel eutrapélico y donoso autor de la literatura francesa que fue Rabelais (y que, con su estilo y su esprit entre tabernario e hiperanticulturalista dió en crear una palabra excelsa para el léxico universal y que es el término 'rabelesiano'). Acaso haga falta explicar, como siempre le ocurre a todo lo subjetivo, la razón de esta imagen bélica de escapada multitudinaria en mí, que es que tiene que ver ese recuerdo ilustrado con ese día tan preciso (y cuidado que no digo 'precioso' aunque para mí lo fuera, ya que en un niño, el objetivo, y colóquese aquí todo lo mucho que la palabra objetivo puede significar, es muy distinto al del que usan las personas mayores), que recuerdo yo que ese día, a eso del comienzo de la tarde, estaba yo en la linde de mi casa, sentados todos a la sombra sobre las sillas sacadas afuera para aliviar el calor, y comenzó la estampida, gentes y más gentes, una procesionaria, entre romería festiva y comitiva cuasi fúnebre en dirección a los montes cercanos pero nunca se sabrá a qué; en la voz de algunos de los viandantes la palabra 'guerra' como santo y seña de la marcha, una como expedición insólita que pudiera encontrar modelo, repito, en esa leyenda que se tejió en torno a los lemings poseídos del irrefrenable empuje de ir hacía ese océano de muerte impelidos por cierta hinchazón de su demografía por causa de los líquenes que en determinada época se cargan excesivamente de vitamina E que es como si se cargaran de afrodisíacos dicen, (que, de no ser así pudiera encontrársele parangón, lo repito de nuevo, que sería peor, con los cameros que la mar se tragó por artimañas de Panurgo). Una fecha tan recordada y señalada (para bien o para mal) a través de tantos textos, novelas, imágenes, poemas, etc, que se han escrito así como por la paga extraordinaria que a cada quisque proletario le pudo aliviar las arrugas de la economía malquista del día a día), que, poniéndose uno en el plano de la Historia que pudo ser y no fue, o literatura posibilista, me pregunto qué hubiera pasado si no hubiera amanecido ese día, que se admiten todas las conjeturas y posturas, cómo no. 



Carrillo.- 


   Dícese que se dice, que está escrito por un tal Santiagp Carrillo en su libro 'Demain l'Espagne' (que tomo yo la cita de otro libro Paracuellos del Jarama: ¿Carrillo culpable? de Carlos Fernández, Argos Vergara, 1983) y es por tal circunstancia por la que pongo esta ambigüedad que se expresa a través de un dícese que se dice'). Dícese pues, repito, que dejó escrito el tal Santiago Carrillo, en ese su libro 'Demain l'Espagne', algo que aquí, en San Sebastián, lo hemos sabido siempre y que es que, -En San Sebastián los fascistas se habían hecho fuertes en un hotel que hubo que tomar por asalto', que lo señala para seguir diciendo que 'allí empecé la guerra como soldado', que leído ese breve texto se queda uno - al fin y al cabo rumiante como todo ser humano- acezando con la rumia del texto de un individuo que presenta perfiles tan divergentes, que si él dice que allí (es decir, aquí) empezó la guerra como soldado, habrá que decir, también, que allí (es decir, aquí), la terminó, que si su nombre se hizo famoso no fue por trincheras ni guerrillas sino por presidir checas y fosos de entierros plurales. Anécdotas aparte, lo cierto es que, casi a la par que en Africa, fue en el Hotel María Cristina de esta ciudad de San Sebastián donde comenzó la guerra, cuando unos pobres ilusos se encerraron como ratas en sus hoteleros espacios y aún hoy pueden observarse en sus muros de piedra no tan dura, la marca de los balazos. Una circunstancia histórica en definitiva, que hará que, al igual que hace más de setenta años fue aquí donde principió la guerra, será aquí donde, con su demolición, se dé comienzo a la puesta en práctica de esa alzheimera ley de la Memoria Histórica. 

16 - X - 07 

miércoles, 16 de febrero de 2011

El diario

   '¿Un diario?¡Que se yo! Hace tiempo que con excesiva -excesiva para rechazarla- frecuencia asaltaba la idea del famoso Diario. ¿Quién no lo habrá escrito? Pero ¿con vistas a qué?'- puede leerse en la página 19 de este voluminoso volumen (la redundancia es obligada) del primero de los dos tomos que no hace muchos días se han publicado. Su título, 'Barrióla íntimo. Un médico humanista vasco en su Diario (1928-1998). Su autor fue un notable médico donostiarra, D. Ignacio María Barrióla Irigoyen. El segundo tomo lleva el título de Textos (1922-1998) y recoge varios trabajos de y sobre el autor, es decir, 'artículos, reflexiones, prólogos, charlas, entrevistas, y diarios de viajes', como nos lo viene a clarificar el encargado de su edición, e| profesor doctor José María Urkía Etxabe. Sopeso los dos pesados volúmenes y paso a considerar, por medio de la lectura de estas páginas del Diario y por las notas parafrásticas del editor, la gravedad existencial de un hombre que se presta al desnudo de su intimidad, 'como lo exige el método que ha escogido, ese método del Diario íntimo que cultivaron en su tiempo casi la totalidad de las protagonistas de las novelas románticas y que, luego, ha dado lugar a que grandes escritores hayan asendereado mejor y necesariamente su curriculum a través de este sincerarse consigo mismo y con sus lectores. 



John Cheever.- 


   En cualquier caso, y tratándose de Diarios, resulta ser de gran importancia y de especialísima significación, la pregunta autodubitativa del Dr. Barrióla: ¿con vistas a qué, escribir un Diario?, Recuerdo que John Cheever, autor de excelentes relatos cortos y novelísticamente de la saga de la familia Wapshot, entre otras obras admirables, superó en cierto modo anteriores logros con las magníficas confesiones personales que se atrevió a consignar en sus Diarios, una serie de veintinueve cuadernos de notas que ofrecen la radiografía más impresionante no solamente de un escritor sino también de un hombre. Su caso es uno más de los muchos que se han prodigado entre escritores, y tampoco falta en él parecida pregunta inquisitorial a la del Dr, Barrióla a la hora de aportar razones para escribir un Diario que, a su muerte quedó inédito. Escribe su hijo, Benjamín Cheever, en la introducción al libro que recoge estos textos: 'casi todos los que leyeron los extractos del diario aparecidos en la revista The New Yorker' Reaccionaron con entusiasmo, mientras que unos pocos se sintieron ofendidos y .desconcertados. Aquellos con los que hablé del tema se planteaban dos interrogantes: ¿le habría gustado a John Cheever ver publicado este material? Y en caso afirmativo, ¿por qué?\ Pregunta de difícil respuesta sobre todo cuando lo que hizo Cheever fue desnudarse con una crudeza absoluta además de genial, una desnudez de profanación mental y sentimental que, según qué parámetros, pudiera parecer hasta pornográfica. Que, en gran parte, todo deriva de en qué grado de sinceridad se coloca el autor de 'Diarios' a la hora de hurgar en sus propias entrañas. 
   
   Benjamin Cheever cierra la puerta a la duda: "Pero mi padre quería que sus diarios vieran la luz. Lo sé porque me dijo'. 



¿Con vistas a qué?.- 


   No pretendo establecer este breve texto ningún tipo de parangón entre el Dr. Barriola y John Cheever. De darse el desnudo total en ambos casos, supongo que serviría solamente para mejor hacer notar la honda diferencia entre los dos. Mantuvo hondas reservas Cheever al dar al público esos escritos por lo que pudieran tener de inasumible para su familia, dadas las taras que presentaba su autorretrato respecto a sus inclinaciones alcohólicas, sexuales, etc, que, en primer lugar le habían llevado a su gran soledad y, luego, a temer las salpicaduras que esta conducta suya pudiera representar para su familia, mientras que ocurre todo lo contrario en lo que al Dr. Barriola se refiere, en donde todo es diáfano, natural honorable, enaltecedor para el autor y sus allegados, A pesar de algunas ásperas etapas que vivió, el tono general es de admirable serenidad, panorámica sin duda de su modélica existencia. Su paisaje o escenario vital está poblado de grandes amigos (uno de ios más notables el poeta José Hierro con el que convivió y fraternizó en la cárcel de Torrijos). Apunta y comenta sus lecturas (una agradable reminiscencia para tantos lectores que casi llegamos a ser sus coetáneos, por los autores que asoman); abunda en recuerdos y efemérides notables de la familia, los trazos de amistad juvenil, de profesión, etc. De todo ello queda la imagen de un hombre ejemplar, de gran bonhomía, resignación, creencias y afectos a través de una pluma que se resiste a cargarse de tintas negras. A pesar de todo ello, y al margen del retrato que se exhibe, queda la pregunta fundamental que hay escondida en todo 'diario' ("¿con vistas a qué?", que nos decía el Dr. Barriola), y, aunque no fuera por otras muchísimas ramificaciones de sus dudas y pensamientos sobre la idoneidad de un Diario, solamente estas dudas que expone valdrían para apuntar y apuntalar una especie de tesis sobre esta costumbre de escribir Díalos que, en cierto modo, ha sido siempre una cuestión insoluble. ¿Por qué, para qué, para quién se escriben los Diarios? Creerá el más ingenuo que porque nos hallamos ante una mente generosa que no se conforma con experimentar para sí, sino, también, para traspasar sus conocimientos a los demás o porque cree que todos los días se aprende algo (no acordándose, seguramente, de que es más fácil que todos los días vayamos olvidándonos de algo) que, con esto, ya estaríamos pisado hostiles peajes en las desembocadura del Olvido, allá donde podemos encontrarnos con el señor Alzheimer. Resumiendo, los motivos para empezar a escribir y a seguir escribiendo un Diario, son muchos, infinitos. En su origen pueden estar, es cierto, la generosidad, la vanidad, la curiosidad, la frustración, el aliento del quiero y no puedo, la guarda de la memoria, el refocilo del tiempo pasado vuelto a reciclar, la conmiseración de lo que fuimos y la crítica a lo que somos, la radiografía del tiempo, su vuelo, sus heridas, sus sañas, nuestra supervivencia etc, Pero, sea cual sea, se debe tener presente un gran peligro: un Diario es un ser vivo que dejándonos describir nos va describiendo y, de ser creadores, nos muta en criaturas. Que, acaso, es ahí donde hay que ir a buscar la respuesta a la pregunta que se hacen los que se ponen, honestamente, a escribir un Diario. 

17 – VII - 07

Culebrones

   Nos conducen ahora al fondo del mar, donde entre algas y corales puede estar, nos dicen, la niña más famosa de la actualidad, ésa que lleva una larga peregrinación mediática a cuestas, objeto (¡mala cosa cuando a una persona se la convierte en objeto!) de una larguísima investigación en la que se han visto entremetidos (aunque en cierto modo también' entrometidos' para su mal) sus padres, en una historia que se supone que irá amainando como las oías giganteas de un tsunamí y que se teme que termine igual que ese azote dé la naturaleza, es decir, todo anegado o ahogádo, desolación y desamparo, que las posturas de la vida pueden mostrarse crueles y las cañas volverse lanzas como le deseaba la linda Lindaraxa al poderoso Garzul durante la mítica contienda entre Zegríes y Abencerrajes. No es cosa -el respeto debido a una situación tan trágica nos impide ser más explícitos sino queremos ser tan crueles-, como parí ir tarareando la canción infantil de los recreos en colegio (de los que también cabría bablar, y mucho), de las atardecídas en la plaza mientras el sol decae más lentamente aún qué las viejecitas que ensayan su rol de abuelitas algunas mientras de brujas otras, de viejecitos que son (somos) ya como pájaros en alcándara, que esperan y esperan -esperamos, mejor dicho y, ¿hasta cuando, Señor?-, la hora de la partida hacia tierras más cálidas, quién sabe, o hacia frios polares, que también puede que así sea. Ante la niña, o secuestrada o muerta o lo que sea (que se sabrá si se sabe no se sabe cuándo) se despliega la voracidad mediática en la que se puede encontrar de todo: cautela (aunque poca) en algunos, irresponsabilidad (bastante) en otros, curiosidad (esencia periodística) aun en los que solamente saben de periodismo en sus momentos de lectura audacia u osadía, hambre y sed de erigimos en jueces de lo que nada sabemos más que por lejanas referencias. En la hora presente al menos, gran responsabilidad de los que se atreven a emitir juicios basándose únicamente en ese don de la intuición que todos creemos tener cuando es virtud que no siempre nos acompaña, que no somos una de esas definiciones que Quevedo enumeraba de quien 'érase un hombre a una nariz pegado', es decir, no 'una alquitara pensativa', que a nuestros pensamientos, siempre les hiciera falta ser pasados por el alambique, y no es así. 



Bécquer.- 



   Dejó escrito el poeta, en sonoros endecasílabos, aquello de '¡oh, qué amor tan callado el de la muerte!/ ¡qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!', pero ya se sabe que los poetas mienten por generación espontánea de la mentira, que lo de Pinocho no es una invención literaria de Collodi sino que Pinocho está aquí, vive entre nosotros, disimula lo largo de su nariz porque encontró el antídoto que consiste en mentir más y más hasta el punto de que el crecimiento sepa del fenómeno del 'eterno retorno' a lo Eliade, todo igual que en el caso del roedor que roe sus alimentos que le roen al mismo tiempo sus colmillos, una simbiosis de supervivencia al fin y al cabo. Y dejó escrito el paradójico Wilde, juego de palabras en suma y nada más, que 'la naturaleza imita al arte', como acaso, con mucha suerte, es posible que en las sigmentes, Iíneas lo dejemos entrevisto. Es decir, que hace falta, en definitiva, que siga y prosiga el culebrón, que es el gran descubrimiento de la narrativa, que si le viene el nombre de la lengua española en transplante sudamericano, especie de jerga (no sé si también de 'juerga') de vueltas y revueltas de la acción, de meandros (¡cuánto nos gusta la palabreja!) idiomáticos, se nos asienta definitivamente en proyecciones de la vida que no se nos termina ahí a la vuelta de la esquina, sino que sigue y sigue, que lo que percibimos del Gran Todo (si existe, que lo dudo), solamente son episodios, meras anécdotas acaso. Nada difícil, por supuesto, engarzar el actual culebrón con las viejas esencias del folletín (y hasta aquí estoy hablando solamente de textos narrativos, que el otro paso que nos espera, es el de la vida). 



Latín. 


   Todos somos personajes de culebrón, mal que nos pese, o vale sólo con decir que la vida, es un culebrón, siempre con viejos episodios que resultan ser nuevos y nuevos aconteceres que ya los conocíamos como muy vetustos, que en eso, precisamente, reside todo y todos los misterios, el de la niña que no se sabe dónde está, el de la cama que sólo sirve para dormir y hacer el amor que decía no se sabe qué doctora en una entrevista olvidándose de que es invento que sirve para todo y que se le pregunte, si no, al fantasma de Oblomov que se metió en ese reducto de la cama y nada quiso saber del restante mundo que para qué cuando la molicie es suficiente para hacemos cabalgar en el tiempo sin que el aburrimiento nos aplaste bajo sus alas, o el del rito de la misa que dicen que vuelve ahora por sus viejos fueros gracias a este Papa que parece que le podría caber bien la denominación supletoria, apodo, mote o sobrenombre de 'El Desandador', que no parece otra cosa que había por ahí, sobre el otero que domina nuestra suerte, una especie de guardián o vigilante, el mismo que hizo que Pedro manejara el timón de su barca, y que está de acuerdo con Loyola no sólo en lo dogmático o más sustancial sino también en aquello que se dejó escrito en los anales de la esclarecida Orden, prudencia sobre toda otra ponderación, que, en tiempo de tribulaciones no hacer mudanzas, que ya se está viendo en qué fueron a parar tantas cosas que Ratzinger va como volviéndolas a recolocar, entre ellas esa costumbre de los tridentinos, que sé engañaría quien pensara que son los que provistos de tridentes se encargan de ensartar almas para el cielo pero que pensaron que a qué proceder a innovaciones innecesarias cuando viejas fórmulas no habían periclitado y por demás exhalaban cierto aroma de encanto, entre ellas el uso de una lengua señorial dicen que muerta pero que a algunos nos despierta ecos de maravilla, una suntuosa melodía de acompañamiento a los consagrados pasos que se ritualizan ante el altar, una inequívoca traslación de nuestras endechas, romances de pesar no importa si en eptasílabos, trenos y lamentaciones con saetas en amor fundidas al supuesto todopoderoso, que en esto se vierte mi oración de hoy, que quisiera y no me es posible, que estuviera rendida en dicha lengua majestuosa que, colocándoseme en trance de escoger, me inclinara más por la opción de poder leerle a Cicerón u Ovidio en su versión original que ante cualquier otro idioma de las tantas que ofrece el catálogo de Babel, afirmación con la que cierro mi personal culebrón. 

18 - IX - 07 

La tala

   Estaba, no sé si asombrado o espantado de que nadie dijera nada sobre el atroz arboricidio que se ha consumado en la Plaza de España de esta muy noble y muy leal ciudad de San Sebastián, cuando mi amiga y compañera, Begoña Ameztoy, con su bífida pluma, tan rica en donaires como en ironías, soltaba ayer mismo, en estas páginas, una frase que valía por un poema (una elegía avinagrada en este caso). ¡Gracias, Begoña!, lo breve sigue siendo lo mejor, como en tiempos del P. Gracián, pero los que no poseemos tu don elíptico no tenemos más remedio que extendernos más allá de las bardas. Diré, por lo tanto, y haciéndole ecó de esa cortedad critica ante un crimen tan patente, que hay pecados de omisión o silencios culpables que se sabe que nos irán pesando en la memoria y en la conciencia según vayan pasando los tiempos, y uno de éstos muy grande, del grosor de aquellos que el Astete citaba como mortales, un saco de remordimientos a cuestas, hubiese sido el no decir nada, como casi no se está diciendo, de ese tremendo arboricidio antedicho, cuando en la mañana del pasado día 21 de este mes de junio de este año de desgracias de 2007, diría que con alevosía, si no con nocturnidad sí con sorpresa (que en este caso viene a ser lo mismo), con avilantez (que viene a significar descaro y atrevimiento mayúsculo), llegó al lugar una cuadrilla de taladores y, en un decir amén se cargaron un buen montón de árboles que, para que conste debidamente en qué consiste el 'corpus delicti', copio la lista de esos árboles sacrificados como se especificaban en este mismo periódico, es decir, '20 plátanos de gran porte, dos tejos pequeños, dos magnolios, un abedul, dos olmos, cinco taray y una araucaria chilena', que si voy al lenguaje en que las plantas nos hablan, tendriá que hacer significar, entre otras muchas cosas, genio y protección por parte de los plátanos, pena y tristeza por los tejos, simpatía por los magnolios, docilidad por el abedul, belleza divina por los olmos, y un etcétera que desconozco pero que percibe agudamente mi sensibilidad dolorida. Titulé al principio con la palabra 'bestialidad' esta, para mí inevitable, denuncia pero di pronto en dudar de que fuese acertada la titulación por temer que haya sido de tal calibre el arboricidio que me cuesta creer que en toda la escala zoológica pueda encontrarse ningún espécimen de tan avieso estilo al menos hasta llegar al apartado 'humano', que es aquí, precisamente, donde la posibilidad se vuelve certeza y habría tenido que pedir perdón, por supuesto, pero a las bestias por haber osado uncir a su condición animal tan brutal proceder. Porque, solamente de un humano se puede esperar tan nefando acto como el de talar un lote de árboles que eran como una fiesta indescriptible en esa plaza, y que, hasta ese protervo día, para mí al menos y para muchos como yo, creo, podía competir de tú a tú, en gracia, en belleza, en frescura; en aireo, en distinción, en elegancia, en silencio, en tantas cosas más admirables y benéficas, con cualquiera de las otras plazas donostiarras. Y, ¡Cuidado!, aviso, que visto lo visto, puede ocurrirles lo mismo a las demás plazas, séase hasta la mismísima plaza de Guipúzcoa, esa coqueta concurrencia de árboles en el centro donostiarra, que cualquier día amanecerá el día siniestro de su ejecución, y rodarán sus árboles y los gorriones piarán ansias de orfandad, y a los cisnes se les hará más signos de interrogación que nunca sus curvos cuellos y ya en esas atardecidas privilegiadas, no sé bien si de finales de verano o principios de otoño, ya no se podrá aspirar la aromosa delicia que acostumbra exudar su magnífico bouquet de plantas y notaremos de qué manera tan aleve hemos perdido otro más de los grandes bienes urbanos de la siempre sea llamada Bella Easo, aunque si así se sigue ¿dónde queda esa nuestra esperanza y deseo con los rectores que padecemos?... 



Borges.- 


   Para compensar acaso a mí herida memoria, o, también para reparar el ultraje que se le ha hecho, y remendando al gran Bórges (Jorge Luis), en "La cifra" (y poema 'Buenos Aires'), escribiré, que he vivido en otra ciudad que también se llamaba San Sebastián, tan distintas se me hacen una y otra, la que vivo y la que me vive en la memoria. Recuerdo que había dos torres que la miraban desde lo alto hasta que la montaña se quedó tuerta y ya no era lo mismo. Recuerdo las torres de Arbide (ya que de torres he empezado a hablar) y de cómo la ciudad se alzó contra la turbulencia de derribarlas y se aplacó la gresca trasladándolas piedra a piedra, que es como se engañó a sus ciudadanos por medio del hurto, privándoles de su dorada imagen familiar un poco de castillo de hadas y que daban pábulo a la imaginación en el goce de la infancia. Recuerdo un tiempo feliz en que andar por sus calles era una satisfacción y no un peligro; es decir, ninguna bicicleta en nuestro horizonte andariego. Recuerdo las tardes tórridas de verano y la culebra de agua en las manos del aguador que conjugaba finalmente en su elipse la clave de su asíntota. Puedo recordar, pero no quiero por perdigoneo sangriento, los tiros al pichón en Gudamendi y las apuestas al pájaro abatido, zurrones llenos de dinero a puñadas y las carreras de velas blancas en el azul. Coincido con Borges en la evocación del farolero, calle arriba hacia el alto de Miracruz, los faroles de gas encendiéndolos uno a uno a su paso. Recuerdo los tranvías y de ellos especialmente las jardineras, la gracia de recorrer la ciudad al aire libre, y cuya esencia nada ha logrado sustituir. Recuerdo a los gabarreros y las heladas mañanas de invierno, hundidos y fundidos en hielo los hombres en el río y la noria de sus palas en la arena. Recuerdo el murmullo silenciado en los labios del pueblo del avión de Degrelle en la Concha Recuerdo aquel Kursaal de novela centroeuropea de los años 20; las marismas de Amara con un caserío en medio al que se accedía por un rústico puente, y entre tantos miles de recuerdos que se me suscitan, tengo que coger el ábaco y colocar, desgraciadamente, a partir de ese aciago día, entre las notaciones del pasado, esa floresta, esos áboles de la citada Plaza de España situada en ese lugar entre el María Cristina y la Avenida, paralela a la calle Sta. Catalina, donde una mañana ignominiosa vino la motosierra y segó inclemente, abusiva, bestialmente, una treintena de árboles, en una de las primerísimas acciones del nuevo Consistorio Municipal. ¡Vóteles usted para eso!... 



La baronesa.- 


   Termino esta especie de elegía, doliéndome que a esta ciudad de San Sebastián, cuna de grandes y valerosas mujeres (y dejo aparte a la marimacha y espectacular Catalina de Erauso) le ha faltado, en el momento preciso y precioso, su debida baronesa que se atase al árbol y exigiese ser talada ella también con el árbol, con los árboles. Y me quedo, pese a la sustitución del hacha por la motosierra, como Liubov Ranevskaia frente al chejoviano -jardín de los cerezos', como el tío Pepablo ante sus algarrobos en el desierto de piedra de Hugo Wast ('Mis árboles se lamentan, Marcela'), doliéndome esa tala en lo más hondo de la memoria. 

26 - 6 -2007

martes, 15 de febrero de 2011

De buceos

   Visto lo visto en el Reyno de Navarra este pasado domingo, algunos hasta se habrán acordado de Peñalén, en Viliafranca de Navarra, por cuya panorámira cruza indeleble, desde hace casí un milenío, la torva sombra de un puñal fratricída. Y los que saben ser amargamente irónicos, reconocerán, entre satíricos agraces y entre jobianos contumaces, creyentes en que se les debía un favor, que los favores no sólo no se cobran sino que se pagan. Y pasada esa página del periódico que habla de fútbol, quizá haya quien lamente o se regocije con otros amargores o dulzores (que de todo habrá) procedentes en este caso de la política, al evocar, sobre todo, a aquellos tercios de requetés que, una mañana de julio de hace más de setenta años asomaron su boina roja por tas cresterías de los montes oyarzuarras, que los vió éste que esto escribe con ojos no tan niños a pesar de todo. Pero escrito esto lo procedente vayamos a los reinos del agua tan deshonestamente abundante en tantos lugares en estos últimos tiempos, que ha habido momentos en que toda la península sentía como antojos de convertirse en lago, que habría que saber si en medio de esas riadas impresionantes alguien se habría atrevido a leer esas páginas que a la Hermana Agua dedico el Poverello de Asis aun con ser ciertas y de lirismo incontrastable. 



Depiratas." 



   Con el agua tan en revuelo pues y en tanta indomeñable abundancia, habrá que girar un recuerdo a los piratas que vuelven a la mar abierta de los cines y nuestros recuerdos más húmedamente marinos les acompañan. Yendo a historias de marinerías, tampoco hará falta recordar que, para muchos, su primea lectura fue aquella narración de una isla donde habia un tesoro, que sospecho yo que hasta puede haber algún célebre cocinero de nuestros tiempos que se haya acercado al fogón bajo el señuelo inductor y atractivo de John Silver, el Largo, que habría ocasión en ese caso de estudiar el influjo del mal sobre mentes virginales. Vuelven los piratas, repito, al espléndido escenario cinematográfico y, con ellos, los mil recuerdos desde el cine y la literatura nos dardean tan implacables como gozosos, digamos que la Bounty, el Pequod, etc (para cubrir el expediente de una larga lista), y dejemos que sigan aún flotando en nuestra memoria irredenta, con toda la magia de su espuma marinera, los nuevos casos que afloran, como el del incendio del velero' Cutty Sark', entre cuyas llamas de estos días reverdecía una historia de la mar comercial en donde entran en colisión naciones en dura competencia por la carrera del té, que viene a recordarnos aquella fábula de Tomás de Iriarte (1750)-1791) que dice que "El Té, viniendo del imperio chino,/ se encontró con la Salvia en el camino', y donde se entabla un diálogo de traslados y aprecios dignos de tomarse en consideración, en mucho más que lo que quiso tránsmitirnos el propio don Tomás en su moraleja, vertida, como siempre en él, al mundo de las letras y del comercio literario. 'En el fondo del mar, matarile, rile, rile...' cantan las niñas su sonata también azul, voz de ánforas que dejan salir el agua al glu glu, salmodia de brisas que inundan el parque y solazan a un tiempo a árboles y pájaros, pero en ese fondo de mar, tan bien brizado por gargantas angélicas reposan los tesoros de la ambición humana, a saber cuántas monedas de oro encontraron su banco definitivo en profundidades acaso no tan abisales, que puede parecer denodado esfuerzo inútil el de los descubridores de tesoros pero nos surge cuando menos lo esperamos la epopeya de mi barco arrastrero como el "Odyssey Explorer", el viejo Homero y el astuto Odiseo de nuevo en recordación y yuxtaposición de imágenes, y a esta península ibérica de antañonas refulgencias imperiales y sitiada por un brocal de tesoros le van expoliando ahora lo que le quedó bajo las aguas de anteriores esquilmos coloniales. 



De 'vivencias'.- 


   De otros muchos tesoros perdidos suelen guardar memoria algunos. No digamos si nos aventuramos a caminar por los parajes antes indicados de don Tomás que, como queda dicho, son más bien, literarios. Hay quienes quieren bucear en esas aguas e ir descubriendo tesoros, como el buen amigo Fernando Orlando, de profesión sus iniciativas, y a quien le da por instituir, sin que anteriores andanzas en ese terreno le basten, un nuevo premio literario en un género de nueva ideación o de denominación, el de las Vivencias, del que se hacen eco ilustres figuras como Ortega que lo trae prestado del vocablo alemán 'Erlebnis' y el que trata de allegarse al credo de denominar con tal palabra todo aquello que con tal inmediatez, llega a su "yo" que entra a formar parte de él como así se explica, y cítese asimismo la definición de Dilthey de algo revelado en ' el complexo anímico dado en la experiencia internia' como lo trae Ferrater Mora, y si paramos en Zaragüeta (don Juan) y su 'Vocabulario filosófico' (Espasa Calpe, 1955), veremos que lo aprueba como 'la primitividad en la conciencia o experiencía vital del mundo por parte del sujeto consciente', no conformándose, sin embargo, sin darnos el proceso de sus grados de primitivismo, con todo lo cual quedará el consultor en parecida ambigüedad a la que comenzó su consulta, resumido todo lo cual ha de tomarse en cuenta el peso que gravita en el ideario de Femando ante dicha palabra y en la categoría de su opinión andada firmemente en su experiencia, nada primitiva sino más bien acrisolada en iluminación y práctica sus cuatro obras publicadas anteriormente sobre el tema, por lo que puede considerársele timonel expertísimo. Le anima a Fernando en su propósito, un tipo de buceo personal que consiste en dar con una nueva figura que añadir a la lista de prosapia de los escribientes, con lo que entra en esa especie de discordancia existente entre los nuevos nuevos y los viejos nuevos, es decir, encontrar nuevas figuras con el consiguiente peligro de olvidarse de las viejas, que el tiempo es sujeto agente que va oxidando, con prisa, todo lo que se va almacenando al margen de la vida, con riesgo evidente de convertirse en chatarra aunque cuente con dorados que, pese al polvo acumulado, refirigen. Les salen a Femando y a los que ha concitado en un restaurante que fue (y, es) de categoría gastronómica y de trato exquisito e insuperable antes de que otros lo fueran, el Nicolasa, un ganador que es asturiano y de treinta y nueve años y un tercer premio que es de Zaragoza y frisa en los treinta y siete, pero héte aquí que de Argentina viene la sorpresa de eso de lo viejo nuevo, que es que un pibe de setenta y dos calendarios se alza con el segundo premio, que entramos aquí en ese territorio minado en el que nuestro paso ha de hacerse quedo, las manos de seda, atentos los ojos, el oído abierto y la intuición en un punto en el que vayan a encontrarse, como en abrazo, el deseo y el acto,, que es el punto de fusión del éxito. 

29-V-2007 

Cárceles

   De un joven español perteneciente al grupo Erasmus, prestigioso programa cultural, científico o lo que sea, se nos viene a decir que, por ahí, por Letonia creo, ha tenido la mala idea de tener algo que ver con una bandera de tal país, que no me he enterado de lo ocurrido sino es en su parte última, que es el de haber sido encarcelado, por haberse metido -me parece a mí con arreglo a los pocos datos que manejo-, donde no le llaman, que, en este caso, es el de dejar en paz a las cosas en el sitio donde estaban como el respeto debido y la educación enseñan. Y, de una joven, rusa para más señas, que tampoco me entero qué causas sino es por haber metido excesivo ruido según se informa, me llega la noticia de que es apresada y llevada a comisaría, donde tres mossas (de no sé qué Esquadra), la someten a una paliza tal que entre equimosis, hematomas y otras menudencias dejan su cuerpo hecho un mapa, y a ese cuerpo cuyo oficio es el de mantener el orden, hecho objeto de criticas nada benévolas, como es razonable que así sea. Son dos historias de, cárceles,, de mínima importancia si se quiere, al lado de otras en ese terreno, que si nos pusiéramos a hacer recuento de prisiones, cárceles y mazmorras, nos faltaría papel para consigna una mínima parte de ellas y demostrariamos que los grandes forzados que se asomaron a la literatura contandonos sus penalidades siempre quedaron muy cortos, que podríamos citar a vía de ejemplo y a botepronto, nombres comó el de un tal Silvio Pellico que se hizo famoso por contarnos en 'Mis prisiones' su forzada estancia en el castillo de Spielberg, en Brünn; o un tal Dostoievski que identificó el lugar de sus desventuras de preso con 'la casa de los muertos; o aquel vengativo personaje que residió por tanto tiempo en aquel innoble agujero del castillo de If, mientras inventaba para su uso personal un morse para comunicarse con el abate Faria, que nos contaba su creador, un tal Dumas, que las confidencias que le hiciera el eclesiástico le hicieron inmensamente rico, y etcétera y etcétera, que, a poco que se pusiera uno a recordar las obras literarias que de prisiones hablan nos encontraríamos con innúmeras, copiosas, indescriptibles acciones que tienen como tema preferido ése de la descripción de lugares donde penar la falta de libefíad. 



Piranesi.- 



   De las cárceles se ha escrito tanto que una biblioteca entera dedicada a esta rama de la sociedad podría competir con la famosa de Alejandría. Y, como en todo infierno, cabría señalar la pena de daño y la de sentido, que la primera de ellas la colocaría yo pensando en aquella frase sartriana de 'el infierno son los otros', y la de sentido en las mil y una vejaciones y torturas que para una mente normal sería difícil de imaginar. Pena de daño pues, que al contrario de lo que así se nombra en la vieja concepción católica de la privación de Dios, tiene que ver en el ámbito de las cárceles con la proximidad de los otros penados y nos obliga a husmear sus olores como él los nuestros, la miseria de la promiscuidad sin duda, un mundo en el que lo abominable de cada ser se hace intolerablemente patente. Un filme que quisiera contarnos la historia de la Humanidad se cree que debiera de dejar unos cuantos capítulos cada época para hablarnos de cárceles, y no precisamente o sólo de las del alma como en el caso de aquel escritor húngaro, Lajos Zilahy (1891-1974), cuyas obras, en un determinado momento, inundaron escaparates y baldas de todas las librerías de España, sino de ergástulas que oprimen cuerpos, y, en donde tampoco seria difícil encontramos con la sombra, inquietantemente perceptible, de Sade. Quizá fue, que, obsesionado por estas reiteraciones, la mente artística de Giambattista Piranesi (1720 -1778), dio, en idear y grabar su mundo particular de 'Prisiones', lugares donde toda incomodidad tiene asiento y todo dolor presencia y toda indignidad vuelo. Instalado en Venecia en 1743, y quién sabe si estimulado su estro por los relatos de su contemporáneo Giacomo Casanova, caballero de Seingalt, de su forzada estancia en Los Plomos, dió en ir elaborando todo un mundo de mayestáticas proporciones del mundo carcelario, grabados de hierros de negras forjas, jaulas de azotes y torturas finiseculares, mazmorras en donde se gime todo agravio, edificios de la crueldad mayúscula de perspectivas que van más allá de lo que una mente normal pudiera sopesar como soportable. 



Sueiro.- 


   La Humanidad, que se va librando en parte del oprobio del derecho de poder matar legalmente a sus semejantes, lo tiene más difícil, sin embargo, con el otro derecho, de privar de la libertad a sus congéneres. Allá por el año 1968, Daniel Sueiro escribió una amplia historia sobre 'El arte de matar" al que añadió, en 1971, otra historia también interesante sobré los verdugos españoles', publicadas ambas obras bajo el sello de Alfaguara. Pudiera argumenterse, supongo, que en lo que a matar se refiere, dejando aparte las continuas guerras y otras prácticas pestíferas por todos conocidas, puede que se haya paliado tan feroz costumbre, aunque siga siendo este problema, aún hoy en día, algo como un ente anélido, una especie de tenia gastrointestinal de la sociedad humana aún la más avanzada, que para percatarse de ello bastaría con girar una visita, aunque sea simplemente imaginativa o basada en relatos literario- cinematográficos, y experimentar que, aun en las regiones supuestamente más civilizadas del globo, se sigue matando como acto punitivo, o paliativo, o de defensa de esa sociedad a la que algún daño se le ha inferido. Pero, a pesar de todo, otro es el problema que se nos presenta desde el mundo carcelario . Y, también, en cierto modo, de esa otra práctica que también denuncia lúcidamente en esta obra conjunta, de ese otro "arte" de los modos y maneras de sojuzgar a los hombres, en una perenne esclavitud que ha ido navegando por todas las edades que, en esta exposición no deja de señalar el pensamiento de ilustres personajes que se dejaron ganar por el medio ambiente, como en el caso de Aristóteles que manifiesta que 'es evidente que entre los hombres, los unos son libres y los otros esclavos por naturaleza' y que 'es justo y bueno que tal hombre sea esclavo y tal hombre propietario de esclavos'. Si parece de difícil aplicación desde un abstracto sentido de la justicia más elemental cualquier extorsión a un semejante, bien sea de prisión o de muerte, se opone y se impone, sin embargo, la otra razón que la sociedad tiene de defenderse de los ataques que le provienen de ese ser que es el hombre y de cuya condición nada angélica puede esperarse cualquier desmán, que ahí están códigos de todas las edades y civilizaciones que presentan diversos modos para hacer frente a tales agravios y, aunque con reservas, justificar en cierto modo, las violencias que un hombre, amparado en la sociedad de la que forma parte, pueda ejercer sobre otro u otros hombres. 

4 - VI - 2007

El milagro

   Parece obligado hablar de fútbol, ahora que estamos a la espera del milagro y hasta se nos  facilita su fórmula alquímica. Pero de lo que no se habla és del verdadero milagro que ya se dió, hace mucho, en la esencia de este deporte. Dice la RAE, en segunda acepción, que el milagro es cualquier cosa extraordinaria y maravillosa', y lo maravilloso y extraordinario del fútbol es que, algo tan fútil como el de meter un balón en un deteminado rectángulo, adquiera la importancia mundial que se le da. Aprendí en el libro de Apologética de bachillerato, que el cristianismo ha tenido como gran milagro fiduciario (también en segunda- acepción) que su extensión y mantenimiento, a lo largo de los siglos es prueba irrebatible de su verdad. Un  milagro pues, éste sí, de origen divino, lo que nos llevaría a considerar, por similares  razonamientos, al imprescriptible dogma de que el mayor milagro existente hoy sobre el haz de la tierra, es éste del fútbol, una diabólica invención que hace posible los entusiasmos de las masas.   

Paulo de Tarso.-

   La clave de los milagros está en la fe, y de citas sobre su simbiosis están llenas las Escrituras. Un buen repaso lo da el apóstol de Tarso en el capítulo XI de su Epístola a los Hebreos Partiendo de Abel, pasa por Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Sara, etc que ni siquiera retira su beneficio a Rahab la ramera, y sigue con Gedeón, Barac, Samson, Jephté, David, de gentes azotadas, vituperadas, perdidas por desiertos, montes y cuevas, que si bien se mira ahora a la afición futbolística, así se ha pasado el año ligero, penando con angustias de muerte domingo tras domingo, vomitando en el cuarto de baño las bilis trepadas en los estadios, esos lugares de tortura ideados por sádicos. De 'crueldad insoportable', se escribía en la prensa sobre el último lance del penalti fallado, es decir, de la crueldad máxima, de ésa que rebosa y rebasa al  corazón y le hace dar un estallido de infarto, el montgolfier que arde en el puro aire de Fray Luis y su Pastor santo, crueldad insuperable que se escancia en esa escena de la crucifixión, clavado el hombre frente al obús que descansa a los pies del ejecutor, el silencio insuperable en las gradas y el milagro (también) de los corazones que dejaron de latir y sin embargo penan de congoja, que los cardiólogos no podrán explicar nunca por qué unos pocos míseros son los únicos que celebran su óbito en los campos de fútbol y no todos, un infarto total como sería normal que ocurriera. Cualquiera podría hablar de ese momento de zozobra letal que le domina al portero frente al balón que va a atravesar ése su espacio que ha de guardar invulnerable, pero que no se dejará de pensar, por yuxtaposición, en sevicias del afusilamiento,' la  mañana en nieblas, los fosos del castillo, el piquete, en lo alto el vuelo de los gorriones como tilde de burla, y esa soledad inmensa de la multitud que espera, que es el momento propicio para que el milagro aflore, la mano del ángel en la piscina Probática, el carro del desahuciado que llega al borde de la gruta y se encuentra con el retablo de la Subirous, el de la fe por  antonomasia en el milagro, que, dígaseme, ¿cómo puede nadie desoír esa apelación que al  milagro se hace?. Y, ¿cómo digerirlo todo, ya no la soledad del portero sino la del fusilador piernas que tiemblan, fiebres que dudan, que se queda al fin, mudado, alelado, mustio,  descolorido, en la garganta una angustia que no se acaba de tragar, el 'ooooh' de la multitud, al viento la túnica del fracasado, desnudo por dentro y por fuera y a merced de los elementos después de que el balón ha salido de sus pies y el horizonte se ha llenado de cacofonías de silencios que matan?...

Cursillo de fe.-

   Repitamos que todo milagro no es más que un despellejamiento de la fe. Y, dejemos al  desnudo al hombre que cree. Sobre la barca, el pavor se apodera de unas personas que, para mayor inri, resulta que son pescadores de oficio, acostumbrados a tomentos y tempestades varias. 'Hombres de poca fe', les llama el Gran Timonel que siempre ha colocado la fe como herramienta indispensable, es decir, Pedid y se os dará', "La fe mueve montañas", 'Nadie que no crea en mí alcanzará el reino de los cielos', que se miran unos a otros más conturbados aún por lo que se les dice que por lo que ocurre. El hombre, en este caso del milagro del equipo que se salva o no se salva, es alguien que, durmite todo el largo tiempo de la liga del desastre ha estado explicando su cursillo de la fe inoxidable. Contra viento y marea -muchos vientos huracanados y mareas que aturden- ha estado pregonando su fe, colocando la creencia en el punto crítico donde se halla la desesperanza, el naufragio, pero donde, al parecer, podía él ver la salvación. Todo milagrero es un desalmado que dispara contra la razón, pero al mismo tiempo es un héroe que nunca cederá en su fe mística. Creer no sólo en lo que no vimos sino hasta en lo que no veremos; no esperanza de milagro, sino certidumbre. Con la fe que se enarbola, ¿se salvará el hombre aunque la barca se hunda?...

Perryman.-                 

   Hay libros sobre el fútbol tan admirables que, leyéndolos, nunca se podrá pensar que la  invención del fútbol no valió la pena. De uno de ellos, 'El fútbol a sol y a sombra' de Eduardo Qaleano (Siglo XXI de España Editores, 1995) he hablado muchas veces y, si Polloe no acude pronto a mis demandas, pienso hacerlo más. Otro, es éste que ahora traigo bajo el brazo, 'La filosofía del fútbol' de Mark Perryman (Edhasa, 1999). Como subtítulo lleva la idea de una confrontación atractiva: 'Patadas y pensamiento' y, en sus páginas, la formación de un 'dream team' fantástico. De portero, con el número 1, naturalmente, Albert Camus (1913-1960), y no sólo porque jugó en ese puesto de verdad, sino porque la filosofía del portero ante el gol le marcó como escritor, aunque sea mayor, y más profundo el desconcierto del jugador  encargado de tirar el penalti y falla, que de esto sabrá contarnos mejor, sin duda, ése que tuvo en sus botas la salvación y vio que también la crueldad tiene alas. Coloca Perryman con el número 2, a Simone de Beauvoir (1908-1986); con el 3,a Jean Baudrillard (1929), con el 4, a William Shakespeare (1564 -1616); con el 5, a Friedrích Nietzsche (1844-1900); con el 6,a Ludwig Witgenstein (1889-1951); con el 7, a Oscar Wilde (1854-1900); con el 8, a Sun Zi (500 a.C.); con el 9, a Umberto Eco (1932); con el 10, a Atonio Gramsci (1891-1937), y, ton el 11, a Bob Marley (1945-1981). De cómo se portan estas once figuras en el estadio, lo sabrá quien se decida a abrir el libro y leerlo. Escojo, no sé por qué, de sus expresiones futbolisticas, quizás la más insustancial, la escrita por Wilde: 'El fútbol es un Juego excelente para, chicas rudas, pero no resulta muy indicado para chicos delicados'. Silba el árbitro. Finaliza el primer tiempo.                 

12- VI - 07